EL CONFIDENCIAL – 3/11/2016

Prado Campos

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‘La Sed’ desmembra en diez partes el renacimiento de una mujer. Sin temor y sin edulcorante. El dolor desgarra. Presiente la muerte, la rotura, el suicidio y la jaula. Pero también anuncia un nuevo inicio, porque esa sed que incendia el cuerpo es también la que marca la resurrección. Bonet ha huido del miedo y ha levantado una estatua visual y literaria a la (mal vista) soledad. Lo hace apoyándose en grandes mujeres que han influido en su modo de ver el mundo, desde Linspector a Anne Sexton, Sylvia Plath, Virginia Woolf, Teresa Wilms Montt o Virginia Ocampo. La artista las llama sus “despertadoras”, y lo son tanto como Lupe y Monique, los trasuntos de Bonet que protagonizan el libro, y Teresa, el nuevo yo en el que se convierten.

A través de ellas, Paula Bonet sigue golpeando. Sus azules y rosados son ahora colores pesados cargados de dolor pero con la luminosidad que marca una nueva y necesaria senda. ‘La Sed’ arranca cruda e ingenua. Impulsiva y hecha añicos. Los aguafuertes demuestran esas cadenas y corsés que oprimen en una relación tóxica de la que no se puede escapar. Esa relación que vacía “por la boca y por los ojos cada vez que te recuerdo”. El dibujo da paso a los primeros vuelos y las primeras recaídas, porque, en definitiva, ‘La Sed’ habla de esos terremotos y sus réplicas que nos sacuden internamente. La metáfora le vino a Bonet cuando sufrió su primer seismo -de 8,5º, recalca- en Santiago de Chile mientras trabajaba en el libro. Entonces vio que “son como las relaciones. Piensas que todo está bien, pero se puede derrumbar en cualquier momento”. El último tramo es abstracto, hecho en óleo barridos de aguarrás, tan maleables, azarosos y deformados como lo es renacimiento. La sed abrasadora da paso a la sed del ansia por nuevas experiencias. A la sed irrefrenable y sin mochilas, al menos de momento, y, sobre todo, sin miedo.

 

(Puedes leer la noticia completa en la web de El Confidencial.)

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