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La muchacha que espera para cruzar la calle

se cubre de la lluvia con un fular de seda.

Los jóvenes detestan los paraguas,

se dejan olvidados los abrigos,

no escuchan los pronósticos del tiempo.

 

El hombre que le ofrece cortésmente refugio

bajo un paraguas negro

es más alto que ella

y se parece un poco a los pulcros actores

de los años cincuenta.

 

A través del cristal miro cómo se miran,

cómo sonríe ella bajo el paraguas negro

mientras nerviosamente

se sacude las gotas del pelo y de la cara.

 

El hombre le sonríe con ternura.

 

Gracias. Es usted muy amable,

dirá probablemente ella.

No hay de qué,

dirá el hombre con voz grave y atenta.

Este tiempo es tan impredecible,

tan pronto llueve,

tan pronto luce el sol.

 

Sonríen y se miran,

se alisa el pelo ella,

baja el paraguas él

y lo inclina hacia un lado.

 

Cuando cambia el semáforo

miro cómo atraviesan la avenida,

cómo el brazo de ella roza ligeramente

la gabardina gris del hombre del paraguas,

cómo ellos, los dos desconocidos,

acompasan el ritmo de sus pasos

sobre el asfalto húmedo

mientras la lluvia cae a cámara muy lenta

y el café de mi taza se va quedando frío.

 

Al llegar a la acera se paran un instante.

 

Intento descifrar sus últimas palabras.

 

Grabo en mi corazón sus últimas miradas.

 

Ella entra al café

y él se pierde a lo lejos,

mientras yo, conmovida,

regreso a mi periódico.

 

Irene SÁNCHEZ CARRÓN, Micrografías

 

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