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Cuando era pequeña, pasaba los tres meses de vacaciones en el campo. Recuerdo que, en cuanto se abría la tranquera que daba al parque, me bajaba corriendo del coche donde nos hacinábamos los cinco hermanos para treparme a los aromos y ponerme a leer. Mi familia era disfuncional, ruidosa, invasiva. Pero, escondida entre los aromos, envuelta en su fulgor amarillo (años después aprendí que también se llaman mimosas), comprendí que es posible huir de lo que nos rodea, que hay en los libros un territorio de libertad, y que el aroma, la belleza y los libros leídos en la infancia perduran para siempre.

¿Qué leía yo entonces? Creo que a Elena Fortún, y también a algunos poetas surrealistas, no porque los entendiera, sino porque el aroma y el cielo claveteado de flores me hacían levitar. Recuerdo el verso de Gerardo Diego que decía: “Nada más, poner la cabeza sobre la mesilla, y dormir el sueño de Holofernes”.

¿Quién era Holofernes? La verdad es que no me preocupaba en absoluto, porque sonaba muy bien, “Holofernes”, con tantas sílabas y tan grandioso, esa H, ese equilibrio de óes y de ées, y tardé años en darme cuenta de que “el sueño de Holofernes” consistía nada menos que en morir decapitado. Así que, con mis sinestesias a cuestas y con la música de las palabras, fui creciendo (…).

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