84327677_10218775949223382_5667165894887866368_n

No me cabe duda de que esta noche, en el Aula “José Antonio Gabriel y Galán”, nos acompaña una gran dama de la Literatura. Soy poco amigo de utilizar expresiones tan enfáticas y tajantes como esta, primero por pudor, porque pienso que no soy nadie para efectuar afirmaciones de ese calibre –pues requieren de un criterio y un conocimiento de la realidad literaria de los que carezco–, pero también porque sospecho que ese tipo de títulos tienden a sonar desgastados, a oler a alcanfor y a no significar, al cabo, gran cosa, con lo que, si te descuidas, no es difícil que acaben resultando contraproducentes. Si lo hago a pesar de todo es, en primer lugar, porque la trayectoria literaria de Lídia Jorge avala de sobra esa grandeza, pero también para subrayar la contradictoria circunstancia de que una autora con una obra tan amplia y de tanta calidad, que en Portugal parece haber ganado ya todos los premios posibles y con un reconocimiento más que notable a nivel internacional, haya tenido en nuestro país una recepción tan insuficiente, incluso en esta época en la que, felizmente, parece haberse superado el largo, absurdo y ominoso tiempo de las costas voltadas, del vivir nuestros países de espaldas el uno al otro.

Tras una recepción más o menos temprana de una de sus primeras novelas, Noticia de la ciudad silvestre, publicada en España en 1990, hubo que esperar hasta 2001 para que aparecieran títulos como La costa de los murmullos, El fugitivo que dibujaba pájaros o El jardín sin límites, un resurgir que, sin embargo, no fue definitivo, pues a partir de ese año Lídia Jorge volvió a caer en un prolongado olvido editorial mientras acumulaba, en otros países europeos y aun fuera de nuestro continente, premios prestigiosos como el Jean Monet de Literatura Europea, el Albatros de la Fundación Günter Grass, el Michel Brisset, el Premio Especial Giuseppe Acerbi de escritura femenina o el Premio de la Latinidad de la Unión Latina de Literaturas Romances y era nombrada Dama de la Orden de las Artes y las Letras de Francia. De este insólito un olvido ha venido a rescatarla, esperamos que para los restos, la joven editorial madrileña La Umbría y la Solana, volcada con entusiasmo en la difusión de las letras portuguesas, que en muy poco tiempo ha publicado el libro de relatos Los tiempos del esplendor y la novela Estuario, finalista el año pasado del prestigioso premio Médicis y traducida a nuestra lengua por la profesora universitaria placentina María Jesús Fernández, traducción que constituye, dicho sea de paso, un hito más en la encomiable labor que desde nuestra región, en los más diversos ámbitos y por las más diversas personas, se viene haciendo por dar a conocer la cultura portuguesa en el resto del país.

Al medio, entre unas y otras apariciones editoriales, y pese al Gran Premio Luso-Español de Cultura obtenido en 2015, han quedado en el tintero novelas como O Dia dos Prodígios, –su estreno literario en 1980–, O Vale da Paixão, O Vento Assobiando nas Gruas, Combateremos a Sombra o Os Memoráveis, además de varios volúmenes de cuentos que merecerían, también, ser conocidos por el lector en nuestra lengua, y hasta aquí esta introducción, que entre títulos, hitos y premios literarios quisiera reivindicar una mayor atención editorial en España a esta autora, sino a la excelente Literatura que viene haciéndose en el país vecino.

Centrándonos ya en la obra de Lídia Jorge, uno de los aspectos que más llama en ella mi atención son sus personajes principales, que tienden a tener vocación de fantasmas, en el sentido de que son potentes, redondos, complejos, aparentemente densos y compactos, pero que a menudo, cuando uno intenta palparlos, aprehenderlos, parecen esfumarse, hurtar su núcleo, su médula, su verdad última, un carácter escurridizo que los hace, paradójicamente, más reales, casi de carne y hueso, pues producen la misma sensación que tenemos cuando, en la vida así llamada real, tratamos de penetrar, de profundizar en el ser de otro, o incluso en nuestro propio ser: la de sumergirnos en una complejidad que nos abruma, que parece escurrírsenos por momentos entre los dedos hasta dejarnos, incluso, con la sensación de no ser, de no existir, una sensación parecida a la que sufrimos cuando pronunciamos una y otra vez un nombre en voz alta delante del espejo, recreándonos en su sonido, en su musicalidad, y, tras un rato repitiéndolo como un mantra, comienza a desdibujarse, a perder sentido hasta dejarnos con la vertiginosa impresión de que no nombra nada, de que no significa nada, de que no es más que una palabra muerta, estúpida y vacía.

Además de esos personajes, por complejos y evanescentes, tan reales, otro aspecto que me gustaría destacar de la obra de Lídia Jorge es la sutileza con la que va introduciendo, de fondo, elementos que otorgan profundidad y complejidad a la trama principal, a veces desde la simple descripción de unos espacios o con el ruido de fondo que introduce y acompaña a ciertas escenas. Estoy pensando en los lugares en los que transcurre, por ejemplo, la novela O Vento Assobiando nas Gruas (El viento silbando entre las grúas), de 2002, en la que Lídia Jorge nos hace deambular entre una casona familiar ya casi deshabitada, el edificio de una vieja fábrica de conservas, el Bairro dos Espelhos, un humilde arrabal en el que se hacinan decenas de familias africanas, espaciosos apartamentos en los que se reúnen políticos y hombres de negocios y solares en construcción salpicados de grúas, espacios todos ellos que le sirven para hablar, por detrás de la terrible e hipócrita trama familiar que transcurre en primer plano, sobre la inmigración, sobre la desigualdad o sobre la especulación urbanística, enriqueciendo aún más el relato; y estoy pensando también en un cuento en apariencia tan sencillo como El amor en Lobito Bay, publicado en Los tiempos del esplendor, la historia, ambientada en la Angola inmediatamente posterior a la larga guerra colonial, de un adolescente empeñado en correr más que el resto y de una familia confabulada para proteger su inocencia, pienso en la sutileza con la que irrumpe en sus escenas y va haciéndose cada vez más palpable y peligroso el enfrentamiento entre facciones, en un clima de violencia creciente que acaba por obligar a los europeos al regreso y que pone fin, de una vez por todas, a la presencia lusa en África, a ese esplendor de Portugal tan presente todavía, me temo, en el imaginario colectivo de nuestro país vecino.

Decía Lídia Jorge en una entrevista de hace muchos años al periódico O Jornal que le gustaba “plantear grandes colectivos y situar figuras en esas colectividades, perseguir los problemas sociales a través de los individuales”. En este sentido, el de hablar de lo colectivo a través de los individuos, puede que sea la sabia combinación de esos personajes potentes y complejos de los que hablaba antes con la sutil descripción de espacios y escenarios de fondo, que aportan el escenario histórico y social de sus cuentos y novelas, la que acaba convirtiéndolos en grandes metáforas del pasado y el presente. Así, como señala el texto de solapa de la edición de sus últimos libros en portugués, la novela Os Memoráveis, que narra la preparación de un reportaje periodístico a partir de una fotografía antigua que muestra a un nutrido grupo de protagonistas del 25 de Abril, ha sido considerada como una poderosa metáfora de la deriva portuguesa de las últimas décadas, en la medida en que plantea qué ha sido de la Revolución, qué ha sido de Portugal desde la bautizada por algunos como la última revolución romántica; en ese mismo sentido, las bragas arrojadas al aire de la pequeña Suzete, la protagonista del relato “Testigo”, que pueden encontrar en el cuadernillo, acaba siendo, también, símbolo de otros desgarros, de la emigración, de la pérdida de las raíces, del fin de la infancia y la inocencia; y su última novela, Estuario, no es sino la desembocadura del mundo que conocemos a través del relato de la quiebra de una empresa familiar, la naviera de los Galeano, y simboliza además, a través de la encrucijada en que se encuentra su protagonista, Edmundo Galeano, que regresa a Lisboa tullido, sin buena parte de la mano derecha, tras una experiencia traumática en un campo de refugiados, la mirada hacia el futuro, hacia lo que le espera, en adelante, a la humanidad.

Una labor, la de “perseguir los problemas sociales a través de los individuales”, que Lídia Jorge lleva a cabo por medio de una escritura que, como ella misma afirmaba en la entrevista a la que hacía antes referencia, puede ser poética, pero no lírica, con una prosa rica, suculenta, basada en párrafos de largo aliento, bien trenzados, entre los que desliza de cuando en cuando frases breves, sueltas y tajantes que marcan cambios de ritmo o de escena que van atrapando al lector, envolviéndolo, encantándolo con el estilo majestuoso de esta dama de las letras que aleja y acerca a su antojo el objetivo sobre la realidad, que nos hace vivir lo grande y lo pequeño, lo visible y lo oculto, lo que nos repugna y nos apasiona, como sólo es capaz de hacerlo la gran Literatura.

 


Nota: Los datos sobre la fecha de publicación de los libros de Lídia Jorge en España están extraídos de la base de datos de la Agencia ISBN. Aun así, parece que puede haber inexactitudes y que existen libros editados en fechas anteriores a las indicadas. Mantengo, en cualquier caso, el texto tal y como fue leído en la presentación de la autora en el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” en la medida en que se mantiene lo esencial, una recepción a menudo tardía y en todo momento irregular de su obra, pero dejo esta nota para advertir del posible error de algunas de las fechas indicadas. La foto, por cierto, se la he mangado de facebook a mi amigo Emilio Mateos.

 

 

Juan Ramón SANTOS