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Domingo, 15 de marzo. Esta mañana, al salir al parque, algunas impresiones:

El canto de los pájaros, vivísimo, omnipresente. Esto ha seguido luego en la calle Cadarso, la más arbolada de este lado del barrio.

El parque vuelve a ser de los cuervos y las palomas —y de las cotorras, claro—. No dejan de brincar sobre la tierra, picoteando el suelo y espantándose mutuamente con soltura. La perra, feliz, no ha tardado en seguirles el juego.

Un hombre discute a voces con la pareja de la policía nacional que patrulla el anillo superior del parque, en torno al Templo de Debod. Su perro no deja de ladrar y revolverse, pero lo lleva atado en corto, con firmeza, y se mantiene a una distancia prudencial de los agentes. No logro entender el motivo de su queja. Un segundo hombre que hace cinco minutos tomaba el sol en un banco enfila el camino de salida, pero, al ver el cariz de la escena —demasiados gritos, demasiados ladridos—, decide volver sobre sus pasos.

Como nadie lo pisa, el césped se ha vuelto más tupido y oscuro. Un verde como de felpa, impecable.

El guante azul de látex con que el quiosquero me ha devuelto el cambio. Ayer no lo llevaba puesto.

En dos o tres casos he saludado a perfectos desconocidos con un sonoro «Buenos días». Somos tan pocos que no darnos el saludo parece un desaire innecesario. Cortesías de pueblo que me devuelven el humor.

 

[Puedes seguir el “Cuaderno del encierro” de Jordi DOCE en la revista digital “El cuaderno”.]