Zoo lógico

Para Isabel González

 

51nosaGoBwLFernanda, con pasos de gacela, camina por la ciudad para visitar a su madre. Le gusta el barrio, las calles arboladas, la red de sombra tendida en las aceras. Es una casa baja en el barrio de Belgrano, con un jardín de invierno que parece un acuario y un pasillo infinito de helechos estremecidos al contacto con el aire. Su madre abre la puerta agitando la cabellera de leona. Nubes dolorosas de tormenta, cortadas a cuchillo. Llámame Liza, querida, dice, «mamá» me hace sentir vieja. Si estás como siempre, contesta Fernanda, mientras piensa: Qué egocéntrica. Mamá, en Buenos Aires. Papá, en Francia. Separados desde hace mil años. Y Fernanda, qué? Fernanda, como en todo, mitad y mitad. Así que te has casado?, dice Mamá Liza. Sí, y muestra el anillo. Bonito, dice mamá, sin prestar atención. Fernanda ahora vive en París con Raymond, psicoanalista con gran futuro, boda por todo lo alto con su pointer de raza. Pasean por Place Vendôme sin bozal, tensando la correa, olfateándolo todo. Fus, le dice Fernanda, no tan de prisa, chéri, sit y su marido se sienta, platz y se tumba: muy obediente, así me gusta Raymond. Caricia en la cabeza, galletita y alianza en la pata. Papá también en París, tiernísimo como un oso panda, siempre distraído, trepado a los bambúes. Y ahora ellas dos aquí, cara a cara. Un ring. Fernanda con mamá, siempre en guardia. Mamá-leona-Liza se pinta las garras, se afila los dientes, mastica un trozo de pata de gacela, se tiende bajo el árbol del jardín de su casa. Con una zarpa se tapa el bostezo y deja caer la pregunta: Y Diego? Papá-Diego está igualito, mamá, con sus cosas. Solitario, ya sabes, siempre en peligro de extinción. París le gusta. Escribe sus poemas, pasea. Te manda saludos. Ah, dice Mamá-leona. Algo más qué decirse? Silencio. Tiestos de helechos culantrillo. Los sigues regando con agua tibia? Sí, claro, son muy delicados, los cuido como si fueran mis hijos. Fernanda juguetea con la alianza. Mamá Liza bosteza, Fernanda bosteza también. Bueno, dice Fernanda. Bueno, dice mamá Liza. Se ponen las dos de pie: smuak smuak, sendas manos se agitan en el aire. Fernanda huye a la calle, abrumada. Y entonces ni Liza ni mamá, ni Raymond ni el oso panda, ni Buenos Aires ni París y los bambúes, sino todo lo contrario. Hay todo lo contrario? Claro que sí. Suelta el lastre de la infancia, se sacude las nubes negras y abre las alas. La ciudad, abajo, avenidas, callecitas, árboles cabezudos, antenas de televisión. El techo de la casa de su madre, que se aleja. Un chico mira hacia arriba y le estudia las piernas musculosas, bien! Tanguita diminuta, sólo un hilo, un día de suerte. Muchísima polución. Tarda menos de quince minutos en volar hasta el departamento de Bruno y entra por la ventana. Él, como de costumbre, la espera frente a sus libros. Hola, dice, contenta. Bruno, como si ella no se hubiera ido nunca, hola también. Fernanda sacude las alas en las que se le ha pegado el hollín de las chimeneas. En el suelo, apuntes de la facultad. Botellas de vino abiertas, ropa en desorden, y ahora, para colmo, plumas por todas partes. Se miran, fuman en silencio, dibujan un puente de miradas. Qué tal tu marido? Perrísimo, dice ella. Pero no molesta. El único problema es que hay que cepillarlo todos los días. Y tus padres?, insiste Bruno. Años que no los veo, desde los veranos que pasábamos juntos! Mamá-Liza-leona tan egoísta como siempre, acabo de estar con ella. Papá-Diego sigue en París, con su nueva mujer. Ensalada de bambúes todos los días. Y las proteínas? De cuando en cuando, un huevo, con eso alcanza. Mientras hablan, como quien no quiere la cosa, se desnudan, los apuntes un remolino blanco en el centro de la habitación, los libros en aleteo rasante sobre los cuerpos que se aman. Una hora más tarde, Fernanda todavía las alas enormes, desplegadas como palmeras, cabezotas agitadas por el viento, abanicos de bruma, atraviesan las nubes y latigazos de sol en carne viva. Abajo hay una playa. Aterrizan y Bruno va dejando una huella de ropa, corre por la montaña que se vuelve arena, a grandes zancadas entra en el mar tembloroso. Ella, las olas que crujen, la gracia delicada de sus patitas de pájaro en la orilla, un salto hacia adelante, dos saltos hacia atrás. Qué frío. Y entonces Bruno mar adentro corcovea, las nalgas de hombre, la poderosa espalda de delfín, con saltos y piruetas peina el ronquido de las olas. Fernanda no más pájaro, para qué, se estira ya cetáceo, se entrega al gozoso apareamiento contra el vientre de plata. Y se hace una promesa: Seré fiel a Bruno, monógama a este amante de espuma suave músculos tensos silbidos medulares que me persigue nadando alrededor, cópulas breves y repetidas, qué bestial. Salen exhaustos del agua, y ella se ajusta el bikini, está oscureciendo cuando se funden otra vez y caen a la bóveda celeste de galaxias espirales, astronautas ateridos, bengalas, planetas, cúmulos abiertos, colisiones de asteroides y estrellas rezagadas, tremendos rayos gamma, Bruno, con su enjambre de quásares luminosos, Fernanda supernova que refulge, puro big-bang, orbitando.

 

Clara Obligado, La muerte juega a los dados

El milagro

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Para Nuria Barrios, Javier Goñi y Carmen Valcárcel

 

Sucedió cuando Madrid no era Madrid, ni siquiera Matrice, ni Mayrit, ni la madre de las aguas, millones de años antes de que apareciera ese mono desnudo de frente huidiza al que llamaremos hombre, en el Mioceno Medio, cuando los continentes navegaban hacia su posición actual y el Mediterráneo se llenaba y se vaciaba como si fuese una bañera y todo lo que rodeaba el paraje era relieves montañosos lamidos por las aguas, riachuelos palpitantes como las venas de una mano. La corteza de la tierra había superado la edad de las hierbas y la zona llevaba años convertida en humedal, en una sabana arañada por garras de tortugas gigantes, inmensos roedores, tigres con dientes de sable, úrsidos-cánidos o felices antílopes enanos que correteaban y pastaban entre las gramíneas devorándose los unos a los otros sin plantearse problemas éticos o estrategias de mercado, ramoneando en las praderas y bosques abiertos bajo cielos sin contaminación, (pavorosos, tal vez, durante la noche, tachonados de constelaciones indecibles o amables y transitados por majadas de nubecitas blancas).

Allí, en ese Edén del que nadie había sido expulsado, creció un Hispanotherium matritense (hembra) que fue, sin saberlo, el último ser del Mioceno Medio que trotó por esa ciudad inexistente (no sólo porque no había sido construida, sino también porque nadie la podía nombrar, una ciudad sin proyecto, sin romanos, ni visigodos, ni árabes, ni cristianos, ni turistas), un solitario Hispanotherium matritense (hembra) que intuyó que estaba solo en este mundo pero que no alcanzó a decirlo (sin el lenguaje, qué somos) un animal pesado como un tanque de guerra que apenas si sabía decir “Brrr”, grupo consonántico escaso para definir el cielo y la tierra, la angustia y la alegría de vivir, el paso de las estaciones, el pavoroso cosmos, la exaltación de los días de sol, un mamífero con ese nombre tan difícil, pobre Hispanotherium matritense (hembra), acotado ahora por el codicioso mundo de las clasificaciones, incapaz de presentir la desgracia que había acabado con los suyos y que terminaría con él antes de que llegara la noche, antes de que culminara ese día aciago, sólo faltaban algunas horas para el final que en realidad no eran horas porque nadie las había metido en un reloj y un minuto duraba entonces más de cinco mil años.

Es decir, un Hispanotherium matritense (hembra) fue el último habitante del barrio, supérstite de  una manada de rinocerontes que, como había nacido antes que los griegos, no sabía que su nombre se refería al cuerno en la nariz y, además, en este caso, era una hembra que ignoraba incluso su sexualidad, (montar o ser montada, competir por el mando, o las fatigas de la reproducción), un ser perdido para la ciencia ya que no se registraría su cerebro (que nadie conoció, porque el cerebro es lo primero que se va, tan lábil, y gomoso, tan volátil), ni siquiera quedaría constancia de lo que habría de suceder bajo el cielo vacío antes del cataclismo, porque la materia gris no fosiliza y, para la ciencia, no existe lo que no se puede demostrar.

Así, pues, el Hispanotherium matritense (hembra) comenzó  a trotar calle arriba con la ansiedad de aparearse porque tenía su primer celo (y hay que imaginar el celo descomunal de un rinoceronte prehistórico)  sin saber que el desastre ya había terminado con sus congéneres. Emitió primero una señal bioquímica (un olor hediondo), luego parpadeó con un gesto coqueto propio del ritual del cortejo (esas pestañas sublimes de los rinocerontes, los ojillos brillantes, aceitados) y lanzó el “brrr” que tantas veces había oído en la manada en épocas de reproducción. Como si las estuvieran arreando, las nubes se alejaban hacia el horizonte. Fue entonces cuando el Hispanotherium matritense (hembra) tuvo un primer sentimiento (aunque los paleontólogos se niegan a aceptarlo) y, con la boca sin labios y los dientes fuertes intentó comunicarlo. Para que haya lenguaje, el cerebro necesita cierta capacidad de ordenación y almacenamiento. ¿Lo tenía Hispanotherium matritense (hembra)? No lo podemos aseverar. Lanzó al aire su bramido, que esta vez sonó como una pregunta (¿es el cambio de tono una forma de lenguaje?) e hizo algo inaudito: puso el ápice de su lengua áspera contra los dientes acostumbrados a masticar la vegetación más dura y suplicó: ¡t-brrr! ¡Un prefijo, sí, un prefijo! ¡una oclusiva dental sorda! ¿Proto-sitaxis? ¿Podemos aventurar, acaso, que existen tendencias ancestrales en el lenguaje? Tantos años de evolución desperdiciados, el final de una especie, la soledad de la muerte antes de haber conocido el peso del Hispanotherium matritense (macho) sobre sus ancas. Qué pena. Bajo las sacudidas de alguna placa tectónica temblaba la futura ciudad, en un lugar del planeta estaba surgiendo una montaña. Hispanotherium matritense (hembra) lanzó al cielo la eterna pregunta sobre el sentido de la existencia ¿brrr-t? y comenzó a trotar calle abajo sacudiendo sus caderas brillantes, se tendió núbil en un charco, extendió las patas para acariciar por última vez el lodo, la piel acerada buscando la humedad de la tarde. Como en un lamento, el agua manaba y un sol ominoso se ocultaba tras los bosques achaparrados.

 

Varios millones de años más tarde, allí mismo, en una calle que se llamaría Cantarranas, el viento y los diluvios amontonaron magras de color verdoso hasta erigir un túmulo sobre los restos del animal, luego se apelotonó la gravilla, el limo arcilloso, la tierra vegetal del neolítico, las primeras plantas, el destartalado esqueleto de un homínido, restos de fogatas, la punta de una flecha de silex y, por fin, alguien levantó una capilla, la capilla se demolió y sobre ella se construyó un convento. Allí fueron enterrados los restos de Cervantes. Bajo otros muertos sin nombre, mezclada con los detritus de la ciudad, reposa la momia incorrupta, el esqueleto poderoso de la hembra que inventó el lenguaje. Su cuerpo glorioso, con el himen intacto.

 

Clara Obligado, La biblioteca de agua

 

El azar

A Jorge Payá, por sus buenas ideas

Tendida sobre la arena, Marion se quita el sujetador, cava con la espalda la arena tibia y siente un pinchazo. Es una caracola que brilla al sol, parece muy antigua. La deja a un lado y baja los párpados, que transparentan un sol rojo. Junto a ella, Jonás se dispone a hacer una prueba de la que dependerá su futuro. Está loco por Marion y no se atreve a decírselo. Recoge la caracola, la estudia. Desde las pequeñas ventanas que el tiempo abrió en la concha ve que se trata de una espiral logarítmica, de esas que giran y se expanden a partir de un punto infinitesimal. Decide entonces apoyarla en el ombligo de la muchacha: si mantiene el equilibrio durante más de dos minutos, la pedirá que se case con él. Si se cae, se alejará de ella, como se alejan del centro esos círculos infinitos. Cuando está extendiendo la mano percibe que Marion tiene un ombligo extraño, hacia fuera, en el que es imposible que se sujete nada. En el cielo, un halcón peregrino dibuja curvas cada vez más amplias.
cubierta_OBLIGADO_20111103Cuarenta años antes de esta escena, una niña merodea entre los matorrales que rodean la playa. La marea está baja y, en este junio lluvioso, el monte le parece aún más tupido. Lleva una manzana en el bolsillo, es lo único que tiene para comer. Si rebusca de noche, tal vez encuentre algo, los alemanes deben de estar dormidos en sus puestos de vigilancia. Además, el hambre es más fuerte que el miedo y ella tiene buenas piernas para correr. Mira hacia el cielo. Como hermosas cometas preñadas, ve flotar un milagro de paracaídas. Se queda observándolos hasta que, desde la costa, suenan disparos. La muchacha corre y se esconde, tropieza, cae de bruces sobre un soldado que parece dormido, pero que tiene los ojos abiertos, casi transparentes, ojos que miran el cielo como si formularan una pregunta. No es alemán, porque los alemanes no visten ese uniforme. Procurando no mancharse con la sangre desbocada le revisa los bolsillos, encuentra una medalla, algunas monedas extranjeras, una caracola irisada, una foto. Esconde el dinero y lanza la caracola hacia el mar. De pronto unas manos enormes la sostienen por el cuello. Es un soldado alemán, que le arranca las monedas repitiendo furioso: “dólar”. Mientras camina con las manos en la nuca, la niña piensa que, si hubiera tirado la moneda en lugar de la caracola, hubiera podido salvar su vida.
Siglos atrás, también en Normandía, avanza una multitud. Se ha declarado la peste y los profetas venden la salvación o amenazan con la hoguera. Desesperadas, las madres lanzan a los recién nacidos al mar, como si mecerse en las olas fuera un tormento menor que la vida. Doncellas guerreras prometen salvarlos y, aunque nadie les cree, las siguen, la confianza alimenta. Algunos avanzan hacia un destino incierto, otros retroceden con las carretas en las que duermen los difuntos y, cuando se agotan, los abandonan al costado del camino, sin tiempo para cerrarles los ojos. Todos tiemblan, menos una niña que sonríe y trota detrás de la multitud. No tiene familia, al menos no la recuerda, sólo posee la ropa que lleva puesta y una caracola que recogió en la playa. Hace cabriolas para recibir algunas monedas y las recibe mechadas con frases hostiles que no le importan porque es sorda. Los golpes sí, los golpes le duelen y ha jurado vengarse. Así perdió el oído. La próxima vez que me toquen, se dice, la próxima vez. Y llega la ocasión, cuando un soldado está empujando a una muchacha a la hoguera. La niña juega delante de él, extiende la mano, y el soldado, molesto por el silencio de la multitud y por el llanto de la condenada, le lanza un golpe y le arranca la caracola que cuelga de su cuello. Entonces la niña escupe un diente. Por la noche, entre las ascuas dormidas, escoge una brasa y la acerca a la carreta de heno en la que ronca el soldado. Un rato más tarde, el pueblo está ardiendo y el soldado grita, con la melena en llamas.
Hace demasiado frío en este anochecer de hace doscientos mil años. Junto a las hogueras, a lo lejos, la manada se devora a sí misma. Este invierno no hay caza ni se puede pescar, las briznas de hierba no atraviesan el hielo. Ennegrecido, el bosque parece muerto, entre los árboles gigantescos la nieve borra de inmediato la huella de las presas. Una hembra se ha retrasado, ya no puede seguir a su grupo. Tampoco tiene tiempo de llegar a la cueva, donde podría tenderse sobre las pieles. Está sola en la playa y el vientre le pesa. Hace rato que siente miedo. Miedo y premura. ¿Cómo podrá sobrevivir en mitad del hielo? ¿Qué hará sola, hasta que llegue el calor? El mar es un campo sobre el que se puede caminar. La obligan a acuclillarse los golpetazos en el vientre. Nunca ha parido, y la boca se le llena de baba, el amasijo que brotará de ella puede ser su salvación. Sabe también que aquello no es fácil. Sangre, hay mucha sangre entre sus piernas, siempre precede la sangre. Sangre roja y espesa, caliente, alimenticia. Brama asida a sus rodillas, empuja, ruge, el esfuerzo la quiebra. Cuando casi está agotada, cuando ya no puede más, por fin algo cae. La hembra olisquea el amasijo pringoso, lo revuelve con el hocico. Está por empezar a lamer la sangre, abre las fauces sobre el cuerpo apetecible. Qué fácil lanzarse sobre ese alimento indefenso que comienza a gemir, la saliva y el hambre le anegan la garganta. De pronto, entre la nieve que cubre la playa, ve un resplandor. Es una caracola brillante y la distrae por un segundo de su avidez. Ha salido la luna, que
enciende con reflejos irisados el objeto. La hembra, cansada, siente que en algún lugar de su cuerpo despierta una emoción desconocida. Todo brilla bajo la luz blanquecina, en el silencio extraño el cielo es un amasijo de estrellas. Cierra las mandíbulas, aprieta los dientes, se contiene. Con el sílex que lleva en la cintura perfora el caparazón, esboza un gesto, y cuelga el talismán en el cuello de su hija.
Cuando el mundo era un desaforado océano azul, cuando toda forma de vida estaba en el agua y sólo había en la tierra rocas desnudas, surgieron los primeros gasterópodos que se arrastraron hacia las playas. De esto hace más de quinientos millones de años. Quizá la paciencia de las sales marinas permitió que acumularan las bellas capas de su piel, quizá fue el azar minucioso quien los talló dibujando en sus conchas una espiral que se expande. Hermosos, pero inermes, brincaban sobre las olas bravías, crepitaban en la espuma, flotaban. Así, empujada por el mar, llegó una caracola a la costa. Apenas había nubes, las tierras emergidas flotaban hacia el sur y Europa era apenas una isla en cuya playa se dejó caer el molusco, comenzó a retorcerse, se replicó a sí mismo, alargó sus anillos hasta convertirlos en remolinos, huracanes, galaxias.

 

Clara OBLIGADO, El libro de los viajes equivocados

Quien lee nunca está solo

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Cuando era pequeña, pasaba los tres meses de vacaciones en el campo. Recuerdo que, en cuanto se abría la tranquera que daba al parque, me bajaba corriendo del coche donde nos hacinábamos los cinco hermanos para treparme a los aromos y ponerme a leer. Mi familia era disfuncional, ruidosa, invasiva. Pero, escondida entre los aromos, envuelta en su fulgor amarillo (años después aprendí que también se llaman mimosas), comprendí que es posible huir de lo que nos rodea, que hay en los libros un territorio de libertad, y que el aroma, la belleza y los libros leídos en la infancia perduran para siempre.

¿Qué leía yo entonces? Creo que a Elena Fortún, y también a algunos poetas surrealistas, no porque los entendiera, sino porque el aroma y el cielo claveteado de flores me hacían levitar. Recuerdo el verso de Gerardo Diego que decía: “Nada más, poner la cabeza sobre la mesilla, y dormir el sueño de Holofernes”.

¿Quién era Holofernes? La verdad es que no me preocupaba en absoluto, porque sonaba muy bien, “Holofernes”, con tantas sílabas y tan grandioso, esa H, ese equilibrio de óes y de ées, y tardé años en darme cuenta de que “el sueño de Holofernes” consistía nada menos que en morir decapitado. Así que, con mis sinestesias a cuestas y con la música de las palabras, fui creciendo (…).

Puedes leer completo este artículo de Clara Obligado en El Asombrario.

 

La biblioteca del agua

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Al poco de llegar a Madrid, me fui a vivir a un piso en la calle de Lope de Vega, 2, en el Barrio de las Letras. No conocía a nadie y con algunos vecinos conformamos una curiosa familia que me ayudó a mitigar la soledad y comprender mi nuevo mundo. Ellos transitan estas historias, modificados por las exigencias de la ficción, y este es mi homenaje. Allí escuché sus relatos, allí nacieron mis hijas, allí me convertí en escritora y viví durante dieciséis años. En esa casa aprendí a pensar las ciudades, lo grande desde lo pequeño, lo lejano desde lo próximo, la inmensidad de la historia desde alguien que mira por una ventana.
Este libro es parte de un experimento narrativo que comenzó con El libro de los viajes equivocados y continuó con La muerte juega a los dados. En ellos investigaba una suerte de escritura híbrida o mestiza, situada entre el cuento y la novela, que expresara el mundo roto que quería representar. Este volumen cierra el proyecto y suma la peculiaridad de ser un palíndromo, es decir, puede ser leído en dos direcciones, del primer cuento al último, o del último al primero, produciendo no una variación en
la historia, sino más bien ciertas perplejidades literarias.

[Introducción del libro “La biblioteca del agua”, de Clara Obligado, publicado por Páginas de Espuma.]

La sirena

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El pescadero exhibía una sirena dentro de una pecera. Ella, ajena al tumulto, masticaba con sus dientecillos afilados peces de plata que el hombre lanzaba de tanto en tanto al tiempo que gritaba: ¡compren, compren una sirena, la única en el mercado!
–No le da vergüenza? –dijo una mujer–. ¡Vender a esa pobre chica!
–¿A cuánto el kilo, jefe?
–Se la pongo más barata que las sardinas…
–¡Mamá, mamá cómprame ese pez!
Con displicente impudicia, la sirena exhibía su torso de diosa mientras abría las valvas de un marisco palpitante: brillaba la cola de plata donde un rebullir de escamas se entretejía con algas.
–¿Y por qué la vende?
–¿Muerde, mamá?
–Estoy cansado de ella: no hace más que comer, bañarse y dormir. Además, no habla. Y por las noches…
La sirena lanzó una mirada de indiferencia. No parecía tener más de quince años.
–Pues quiero la mitad: la de arriba.
–El kilo de mujer es más caro. Mire, mire qué cuerpo, qué cara. El pescadero afilaba su cuchilla.
–No sea animal, ¿no pensará mutilarla?
–Es usted un cerdo, una bestia.
–Señoras, largo de aquí. Me están estropeando el negocio.
Ahora la sirena mordisqueaba un salmón. Por encima de la carne desgarrada su mirada lasciva recorría a los compradores como si comprendiera –en su desdén infinito– su superioridad de diosa. El pescadero la miró y pareció reflexionar.
–Venga, basta por hoy, fuera todos: no la vendo. Al fin y al cabo, es mi mujer.
–¡Mira que casarse con un pez!
–¡Con una menor!
–Qué precio para el pescado. Habría que denunciarlo.
Tendida sobre el género, la sirena estiró su cuerpo como si quisiera ofrecerse a todos los hombres del mundo. De pronto, comenzó a cantar. Una batahola marina, casi un hedor, punzó el mercado, escoró en los corazones, y, por un momento, todos los hombres la desearon. ¡Amar a una sirena, naufragar en su abrazo! ¡Oh, el remolino, la ola, la intensa marejada!
El pescadero estaba cerrando la tienda y no bien desapareció tras el cierre de metal se oyó un bramido, el sonoro aletear de la cola de pescado, un rebullir de escamas y jadeos húmedos. Luego, suspiros de hombre que estremecían la promiscuidad de las frutas, las carnes exhibidas. Por fin, la pleamar del silencio.
–Pobre chica –dijo una señora mientras se alejaba del puesto arrastrando el carrito de la compra–: ¡Hacerlo con un animal!

CLARA OBLIGADO, Las otras vidas (Editorial Páginas de Espuma, 2005)

Nueve preguntas a Clara Obligado

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2. ¿Qué libro de otro autor produjo en vos el efecto que te gustaría producir en quienes te leen?

A mi me gustaría mucho ser otros escritores. Tener la prosa de Flaubert, la capacidad de Borges, la liviandad de Carson McCullers o la inteligencia de Alice Munro. Me temo que tendré que conformarme con ser yo misma  y preguntar a los lectores qué sienten cuando me leen.

3. ¿Lo mejor y lo peor que te dio la literatura?

Me dedico a la literatura desde que leí un primer libro, supongo que a los siete años, de distintas maneras según la edad, no sabría separar los libros de mi identidad. Con todo lo bueno y lo malo que yo misma tengo.

[Puedes leer las otras siete preguntas en la web de la librería y editorial argentinas Eterna Cadencia.]