Flor de jara

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Pastor poeta

Tengo la impresión de conocer a Luis Pastor desde siempre, quizá porque forma parte de la memoria sentimental de la transición, una memoria sentimental que compartimos todos los que, más jóvenes o más viejos, merodeamos por esos años cruciales de nuestra historia reciente, hoy tan denostados, en los que todo parecía a punto de cambiar, pero lo cierto es que conocer, lo que se dice conocer -y me refiero a escuchar su música y sus canciones-, no lo conocí hasta la universidad, de la mano de mi amigo Luis Marín, una época en la que escuché una y otra vez su Diario de a bordo y el disco de un concierto en directo en Mérida y en la que tuve la oportunidad de verlo por primera vez en un concierto.

Lo mismo que uno tiene la sensación de conocerlo de siempre, de incluso antes de haber oído nunca sus canciones, uno tiene también la sensación de que Luis Pastor ha sido siempre poeta, y sin duda, como autor de canciones, siempre lo ha sido –ahí está el Nobel de Bob Dylan para corroborarlo–, por más que su primer libro íntegro de poesía no apareciese hasta 2016, cuando la editorial Bartleby sacó a la luz De un tiempo de cerezas.

Con apenas cien páginas –si descontamos el atinado prólogo del también poeta y también cantautor José Manuel Díez–, De un tiempo de cerezas es, en cierto modo, el corolario de esos cuarenta años haciendo música y poesía, y por eso, quizá, parecen concentrados en él todos los grandes temas en torno a los que ha girado su prolongada carrera, divididos en cuatro grandes partes que reúnen poemas dedicados a su infancia en Berzocana, al amor, a la denuncia social y política o a rendir homenaje a amigos, poetas y cantantes que uno presume fundamentales en la vida y la obra del autor, desde Pablo Guerrero hasta Camarón de la Isla, pasando por Ángel Campos o Javier Fernández de Molina.

El lenguaje de Luis Pastor, en su poesía como en sus canciones –si es que se puede hacer tal distinción–, es sencillo, cercano, transparente, plagado de imágenes elementales pero intensamente líricas, rico en enumeraciones (“Alma, / dulce suspiro, / campo de trigo, / grano de arroz), capaz, por ejemplo, de inflamar de luz los paisajes de la infancia (“Sementera de amor, / campo de trilla. / Lo que ha dorado el sol / en oro brilla”), y se despliega en unos versos cargados de ritmo que unas veces respetan a pies juntillas la métrica tradicional, con predilección por los versos pares, populares, y la rima, y otras veces se suceden de forma más libre pero con una cadencia muy reconocible con la que entran ganas, al leer, de irse dando golpecitos rítmicos en el pecho, imitando esa elemental forma de percusión tan propia de Luis Pastor.

En definitiva, este De un tiempo de cerezas es una forma extraordinaria de acercarse, desde las páginas de un libro, a la obra de un cantante y poeta de largo aliento al que podrán conocer, también, si quieren, en la Sala Verdugo el martes 6 de febrero, a las ocho de la tarde, en la segunda sesión de este año del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”.

 

Juan Ramón SANTOS en PlanVE.

 

¿Qué fue de los cantautores?

aluisp“El octosílabo, que es el verso español por excelencia, sitúa por sí mismo, y sin duda alguna, al poeta y al cantor que lo construye. Luis Pastor, santo y seña de una generación que amaneció con las manos atadas, nos ofrece en ¿Qué fue de los cantautores? su decurso vital, su peripecia artística y, lo que para mí resulta fundamental, su decidido e inagotable compromiso con la causa humanista. Y lo hace con un resultado lírico verdaderamente brillante, pues Luis se mueve como pez en el agua en el verso octosilábico, que es también medida tradicional española para la canción—en la que el autor es maestro de maestros—, y, apoyado en su ritmo, construye en primera persona su imagen de hombre entre los hombres con una narrativa efectiva y cautivadora, igual que lo son su sonrisa y su mirada vivaz teñida de la melancolía del fado. La voz que aún nos eriza y que fue capaz de hacer temblar a un régimen fascista alucinado, hoy se hace palabra escrita.La lectura es fluida, casi encabalgada por el ritmo tranquilamente frenético del que Luis Pastor la ha dotado, e incontenible hasta gastar el último verso de un trago largo y hermoso.”

Luis Felipe COMENDADOR

Yo vengo de un tiempo de cerezas

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Yo vengo de un tiempo de cerezas

De la espiga del viento y de la hoz

Mapa que retiene la memoria

Como una fotografía en blanco y negro

 

Yo vengo de un tiempo que me nombra

Con espada de madera y crucifijo

En la escuela se cantaba el cara al sol

Y en la calle a Molina y Joselito.

 

Era el tiempo de ser niño.

Por la dulce voz, por el agudo grito

La calle una plaza abierta.

La plaza un planeta unido.

Con calles a muchas puertas.

Casas de abuelos y de primos

 

Era el tiempo del caballo y de la yegua

De los cerdos, las gallinas y los nidos

Y el huerto con todos sus manjares,

olores y sabores

Que mi padre labraba, artesano del surco.

Escultor del manzano y de la higuera.

Sabio en su oficio, dueño

de la azada y la guadaña

Gigante humano domando la tierra

 

Era el tiempo de la era y de la trilla.

Campanas y cigüeñas.

Paraíso del pobre.

Pan y espigas

 

Era el tiempo de la radio y de los rezos

De las tristes procesiones para muertos

De los muertos tan cercanos a la era

De los lobos y bandidos por la sierra

 

Era el tiempo de los juegos en pandilla

De la comba, de la piedra,

Del pinchete, de la pídola

Y el verano, como un año al sol entero

Con siestas en la manta por el suelo

 

Era el tiempo de la madre y sus caricias

De su dulce voz, de sus ojos dulces,

De su tierna risa

Del abuelo y su secreto de tristeza

Que ahogaba cada noche

con vino de taberna

 

Era el tiempo de la pana y los remiendos

Del café de estraperlo,

De la sopa de tomate y de patata

Del pecado que mata.

Del miedo, del castigo y del perdón

 

Era el tiempo de temer a Dios.

 

Luis PASTOR, De un tiempo de cerezas

Luis Pastor

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Luis Pastor (Berzocana, Cáceres, 1952). Compositor, músico y poeta. Empezó a grabar discos en 1972, encabezando la llamada generación de cantautores, símbolo de la lucha antifranquista. Desde entonces hasta hoy ha publicado 20 álbumes, entre los que destacan Vallecas 75 (1976), Aguas abril (1988), la trilogía de disco-libros Diario de a bordo (1996), Por el mar de mi mano (1998) y Soy (2002), Pásalo (2004), Qué fue de los cantautores (2012) y los dos disco-libros con poemas musicados de José Saramago: En esta esquina del tiempo (2006) y A viagem do elefante (2015) donde la palabra poética y el compromiso social han fundamentado las bases de su música. En 2016 publicó en la editorial Bartleby su primer libro íntegro de poemas, De un tiempo de cerezas, y en 2017,¿Qué fue de los cantautores? Memorias en verso. Entre otros muchos y reconocidos galardones ostenta la Medalla de Extremadura, concedida en 2003.

 

[Luis Pastor visitará el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” los días 6 y 7 de febrero. El martes 6, a las 20 horas, tendrá lugar la habitual lectura-conferencia abierta a todo el público en la Sala Verdugo, y al día siguiente, miércoles 7, alrededor de las 12:30 horas, el encuentro con alumnos de bachillerato de la ciudad en el IES Virgen del Puerto.]

Notas para una presentación de Kirmen Uribe

#1. Dice Kirmen Uribe en Bilbao-New York-Bilbao que los peces y los árboles se parecen, pues los dos tienen anillos, y que el anillo de los peces se aprecia en las escamas y lo crea el invierno, una época del año en la que el pez come menos, crece menos y el hambre deja una marca oscura en su piel. Bien pensado, las lenguas también tienen anillos, expresiones, palabras o giros que nos revelan su edad, que nos cuentan su historia. Si uno se fija en términos, estructuras o frases hechas, podrá descubrir raíces, filias, fobias, conquistas, guerras, invasiones, siglos de esplendor y servidumbre, acontecimientos que fueron dejando su marca, oscura o clara, en el decir de sus hablantes. Bien pensado, los idiomas tienen también anillos, como los árboles y los peces.

#2. Hace poco leí que el euskera, el idioma en el que escribe Kirmen Uribe, está directamente emparentado con la lengua de las primeras culturas agrícolas que alcanzaron Europa hace unos cuantos miles de años. No sé lo que esa teoría tendrá de cierto, pero provoca admiración y vértigo a partes iguales, pues nos asoma al misterio de la Ursprache, de la lengua originaria de los hombres –si es que tal cosa existió más allá de las hipótesis– y, con ello, a nuestra más recóndita identidad, la de seres capaces de contar el mundo y de contarse a sí mismos, de ver y construir la realidad a través de las palabras. No sé lo que esa teoría tendrá de cierto, pero uno tiene la impresión de que en el árbol de las lenguas, y aunque todas alberguen en el fondo la médula de esas lenguas primigenias, el euskera está en el tronco mientras el resto nos andamos por las ramas, y eso lo convierte en un tesoro, en algo cercano a lo esencial que debemos mimar, proteger y valorar, en algo de lo que deberíamos sentirnos orgullosos.

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#3. Dicho eso, como podrán ustedes comprobar, ni Kirmen Uribe es un agricultor del Neolítico ni la lengua en la que habla y escribe es, desde luego, una lengua primitiva. El euskera es –casi huelga decirlo– una lengua moderna, capaz de hablar del mundo en el que vivimos, y eso gracias al conjunto de sus hablantes que, al utilizarlo, lo van poniendo al día, pero también gracias a sus poetas, a sus narradores, a sus ensayistas, porque si el hablante de a pie moderniza el idioma, lo va adaptando a sus necesidades, a las necesidades cambiantes del día a día, y crea las palabras o las expresiones que echa en falta para hacerlo, el escritor, al trabajar con él, lo lleva hasta el extremo, lleva hasta el límite sus posibilidades de expresión, lo doma hasta hacerle decir lo abstracto o lo inefable, lo moldea buscando en él el ritmo o la armonía, y de ese modo lo pule, lo afina, lo robustece. El escritor es pues, de algún modo, el preparador físico de la lengua, el que la pone en forma para que pueda darlo todo en la pista.

#4. En el trabajo del escritor hay siempre un diálogo entre tradición y modernidad. Su labor se mueve entre el respeto hacia lo recibido y la tentación de hacerlo saltar por los aires. Es heredero de una lengua que es patrimonio de todos, fruto de muchos siglos y muchas generaciones de hablantes, pero su vocación es dirigirse al lector contemporáneo con un lenguaje propio, no encorsetado, no limitado y desgastado por el uso y los abusos. En cualquiera de los casos, sea cual sea su decisión, la continuidad o la ruptura, el trabajo del escritor conlleva siempre una cierta reflexión sobre la lengua, y eso lo hace también, quizás, más sensible a la pérdida que el paso del tiempo y los cambios sociales provocan en ella, algo que parece acusar especialmente el euskera, un idioma para el que, quizá por su antigüedad, por un pasado unido durante más tiempo a la tierra, a la naturaleza, las transformaciones parecen haberse producido demasiado deprisa, demasiado bruscamente, y por eso en la obra de otro gran escritor vasco, Bernardo Atxaga, está tan presente el canto por las palabras perdidas. Por eso comienza su novela El hijo del acordeonista preguntándose en un poema adónde habrán ido a parar las cien formas distintas que alguna vez hubo de decir mariposa.

#5. En esta encrucijada entre el acervo y la modernidad, aunque nuestro escritor de esta noche, Kirmen Uribe, se incline hacia lo segundo, opte por avanzar “tratando –como afirma en Bilbao-New York-Bilbao– de atraer al mayor número de lectores. Porque la mejor forma de airear la casa es abrir las ventanas”, no deja por ello de intentar recuperar lo perdido, y, de hecho, en ese mismo lugar afirma acto seguido que no podemos “olvidarnos de sacar tiempo para cuidar las flores”, y su forma de cuidar las flores de la lengua es, por ejemplo, rescatar en sus novelas villancicos, canciones de cuna, retahílas y otros elementos de la tradición oral y popular, y lo hace con la delicadeza de un entomólogo, aunque con la aspiración –intuyo– no de embalsamarlos y dejarlos prendidos con alfileres, sino de que permanezcan vivos, y frescos, en sus páginas.

#6. Además, en ese diálogo con el ayer, los relatos de Kirmen Uribe son claros herederos de la tradición narrativa oral. No sólo porque, como él mismo dice, tengan su origen en historias familiares contadas una y otra vez o en conversaciones con unos y con otros para tratar de indagar en el pasado, sino porque hay en su forma de escribir algo de directo y de cercano, un tono que te hace sentir a su autor próximo, como si, en lugar de en el fondo de las páginas, estuviese a tu lado, hablándote, explicándote, encandilándote con sus palabras como sólo los buenos contadores de historias son capaces de hacer.

#7. Quien es sensible a la pérdida es sensible también al poder devastador del tiempo, porque el tiempo no sólo se lleva las palabras, sino también las historias y el eco de las vidas que se fueron. El tiempo deshilacha la memoria, la deja hecha harapos, y al hacerlo acaban por perderse peripecias fascinantes, biografías que a menudo explican lo que somos. Kirmen Uribe, hijo y nieto de pescadores, echa en sus libros las redes para tratar de rescatar algunas de esas historias, y si en Bilbao-Nueva York-Bilbao, la novela que le dio a conocer y con la que ganó, entre otros, el Premio Nacional de Narrativa o el Nacional de la Crítica, evocaba la pequeña gran épica de los pescadores de Ondarroa, Lo que mueve el mundo recuerda, siguiendo el rastro de los niños vascos exiliados durante la Guerra Civil, la historia de un héroe discreto, el escritor belga Robert Mussche, y La hora de despertarnos juntos, el último de sus libros, cuenta la vida de Karmele Urresti y su familia y, a través de ella, el éxodo y la odisea del pueblo vasco, los avatares de su gobierno en el exilio, el giro desde la búsqueda de apoyos internacionales contra Franco y en favor de la causa vasca hacia la lucha armada, haciéndonos, de ese modo, presente lo pasado.

#8. En sus novelas, al menos hasta la fecha, Kirmen Uribe no se asoma a un pasado remoto, sino a un pasado que está a la vuelta de la esquina, cuyos dedos implorantes aún nos rozan, haciéndonos sentir, como en las novelas de Patrick Modiano, vértigo por el veloz paso del tiempo. Como las de Modiano, las de Kirmen Uribe son historias que nos ponen en evidencia, pues demuestran lo rápido que nos rendimos al demoledor asedio del olvido.

#9. Y si a Modiano se parece en la forma de sumergirse en el olvido inmediato, a Sebald, otro buceador de la memoria, se parece en ciertos mecanismos narrativos, en su afición por dejar constancia en sus libros de los materiales sobre los que se sustenta el recuerdo, y así nos encontramos en ellos cartas, e-mails, fragmentos de diarios, noticias, informes, actas, diligencias, pero también material no textual, como la lámina del mural “En la romería” del pintor Aurelio Arteta Errasti que encontramos al principio de Bilbao-New York-Bilbao o la fotografía de Robert Mussche y Vic Opdebeeck con su hija Carmen que cierra Lo que mueve el mundo, además de otras fotografías o cuadros, como el lienzo “Noche de artistas en Ibaigane”, de Antonio Gezala, en La hora de despertarnos juntos, que no reproduce pero que describe con un mimo y un detalle capaces de desplegarlos con toda viveza ante nuestros ojos, permitiendo que nos asomemos, por medio de esos elementos, de un modo distinto a sus historias.

#10. Para finalizar, si el pasado es uno de los temas fundamentales de su narrativa –y en buena medida también de su poesía, no en vano el primer poema su libro quizá más célebre, Mientras tanto cógeme la mano, comienza diciendo “En otro tiempo había un río aquí” –, el empleo de los materiales a los que acabamos de hacer referencia, su discurso a menudo fragmentario – “en lo fragmentario / reside la esencia de la realidad”, afirma en un poema sobre Carlo Emilio Gadda– y el uso de un lenguaje ágil y directo hacen de Kirmen Uribe un autor plenamente actual, un autor que, en palabras del crítico José María Pozuelo Yvancos, “tiene la rara cualidad de servir la tradición sin que suene a folk, y de ser moderna sin renunciar a los que lo fueron antes” y que, a través de la claridad, de un modo de abordar la poesía alejado de lo sublime y de las vanguardias, ha sido capaz de provocar, en palabras de otro crítico, Jon Kortázar, una revolución tranquila en la poesía vasca, un autor, a fin de cuentas, que con su prosa y su poesía, con su forma de escribir clara y cercana, ha de dejar, sin duda, tras de sí un anillo hermoso y diáfano en el ya longevo tronco de la lengua y la literatura vascas.

Juan Ramón SANTOS

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Esta semana nos visita el escritor Kirmen Uribe.

El miércoles 17, a las 20:00 horas, celebrará la habitual lectura-conferencia abierta a todo el público en la Sala Verdugo y el jueves 18, sobre las 12:30 horas, visitará el IES Parque de Monfragüe en un encuentro con alumnos de bachillerato.

Estáis todos invitados a esta nueva sesión, en una u otra convocatoria.