“Una vida robada”

El autor denuncia la apropiación del nombre de su exesposa, la escritora Adelaida García Morales, en la última novela de Elvira Navarro

1475153443_790435_1475153654_noticia_normal_recorte1A comienzos de septiembre tuve noticia de que se iba a publicar una “biografía” de Adelaida García Morales centrada en los días previos a su muerte. Además de sorprenderme, el asunto me produjo una cierta inquietud, ya que, como pude comprobar de inmediato, nadie se había puesto en contacto con los familiares y amigos de Adelaida. Ni en el pueblo de Dos Hermanas —en donde había vivido con su hijo mayor y falleció—, ni en Sevilla —en donde residen sus hermanos y sobrinos—, ni en Madrid —en donde vive su hijo menor—.
Tuve que recurrir a Internet para encontrar alguna información al respecto: en efecto, el libro existía. Se anunciaba bajo el título Los últimos días de Adelaida García Morales, había sido escrito por Elvira Navarro, lo editaba Literatura Random House y saldría a la venta el 22 de septiembre, la fecha exacta en que se cumplirían dos años de la muerte de Adelaida. No se trataba de una biografía, sino de “una suerte de falso documental en clave de ficción”; y, por lo leído, lo único real que contenía el texto era una anécdota protagonizada por Adelaida pocos días antes de morir, según la cual había acudido a la Delegación de Igualdad del Ayuntamiento de Dos Hermanas pidiendo 50 euros para poder ir a ver a su hijo en Madrid.
Al parecer, este triste episodio había sido el principal motivo por el que Elvira Navarro decidió escribir su libro, convirtiendo a Adelaida García Morales en protagonista absoluta del mismo. De ahí no solamente el título, sino también que en su portada figurase una foto coloreada de Adelaida (imagen que, por cierto, yo tomé en blanco y negro años atrás). Curiosamente, Navarro no tenía el menor problema en afirmar que no sabía nada sobre los últimos días de Adelaida García Morales (salvo la anécdota aludida) y que no había indagado sobre los mismos. Subrayaba que su libro no era una biografía, sino una ficción. Así las cosas, no pude evitar preguntarme con qué autoridad moral e intelectual se apropiaba Elvira Navarro del nombre y los apellidos de la escritora fallecida.
Dada mi condición de exmarido de Adelaida, y pensando en el hijo que ella y yo tuvimos, me preocupaba que el libro de Navarro incurriera en un uso vano de nuestros nombres. Intentando salir de dudas cuanto antes, y puesto que la obra no estaba aún a la venta, recurrí a un amigo que conocía a Elvira Navarro para que me hiciese llegar, si era posible, un ejemplar. Y así fue. (…)

Víctor ERICE

El País – Babelia, 3 de octubre de 2016

(Puedes leer el artículo completo pinchando aquí.)

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La ciudad feliz

Después de cenar su padre habló con la vieja en la cocina mientras Chi-Huei les espiaba desde el jardín. Su padre le entregó un sobre a la tía y Chi-Huei sintió un escalofrío similar al de la pesadilla que le acometía con frecuencia, mezcla de tifones, hojas con cuentas y uñas largas y rugosas clavándose en la piel de alguien que parecía ser su madre. De aquel sueño se despertaba siempre mirando hacia la puerta: una sombra agazapada en la penumbra del corredor, cuyas paredes estaban empapeladas y olían a refrito, estaba a punto de entrar. Su tía Li contó los billetes y los metió en un bote, y su padre salió de la cocina. De los matorrales ascendía un coro de grillos, monótono y preciso, ahogando el ronroneo del tráfico y el trasiego de voces vecinales disparadas desde las ventanas abiertas. El bochorno de la atmósfera estival rezumaba el olor entre dulce y ácido de los nísperos, y a Chi-Huei le gustaba pararse debajo del árbol aspirando la extrañeza de la noche, si bien ahora no estaba atento a su muda vibración. Se había quedado suspendido del dinero que la tía acababa de contar, de la vieja y de su padre reunidos en la cocina como si asistieran a un conciliábulo.

Aquella mañana la tía, que siempre le había cortado el pelo en casa con una maquinilla, lo había llevado por primera vez en su vida a la peluquería. El camino se le hizo eterno y excitante, a pesar de que la zona norte de Y., al pie de la montaña, estaba casi vacía. El cielo lucía gris, y al cabo de la cuesta interminable, a lo lejos, se levantaba imponente la montaña, de un intenso verde oscuro, que Chi-Huei miraba todos los días cuando cruzaba la calle para ir a la escuela. La sensación de estar caminando hacia ella fue por un momento tan fascinante que sintió que se ahogaba. Tirando de la mano de la tía, mientras señalaba a lo lejos, dijo:

original–¿Vamos a ir allí?

–No –respondió la tía–. Te he dicho que vamos a la peluquería.

Pero a Chi-Huei le parecía imposible no alcanzar aquella maravilla que se alzaba sobre ellos, casi podía tocarla ya con las manos, y preguntó que si la peluquería no estaba allí, en la montaña.

La peluquería era un pequeño establecimiento atendido por un señor de mediana edad, vestido con una bata blanca salpicada de pelos, que le sentó en una silla de escay azul frente a una pared de espejo y le hizo esperar quince minutos. La tijera le provocó escalofríos en la nuca, y cuando terminó quiso reclamar los mechones negros esparcidos sobre la losa, que el peluquero barría ya con una escoba. Todo el camino de vuelta se lo pasó mirando hacia atrás, interrumpiendo continuamente los andares ágiles de la vieja, que le espetaba «¡Vamos!», y con una sensación insoportable de pérdida e impotencia, pues ya nunca podría subir a la montaña. No concebía irse para siempre de allí sin haber satisfecho aquel deseo, que en ese momento le pareció la realización definitiva de su corta vida. Cabizbajo, se dedicó a levantar la tierra de los arriates del patio, cuyo declive evitaba las inundaciones del monzón. Los arriates, debido a las frecuentes lluvias, estaban siempre húmedos, y a veces Chi-Huei se entretenía haciendo bolitas de tierra que luego dejaba secar al sol. Pero esta vez no hacía bolitas; tan sólo escarbaba con un palo mientras pensaba en la montaña que jamás volvería a ver, y que de repente era más importante que la vieja y el orden diminuto y estático de los días que lo habían hecho feliz sin saberlo, porque todavía no tenía noción de lo que era la felicidad. La montaña se erigía como símbolo de lo que deseaba y jamás haría. Cuando la vieja se percató de sus pantalones perdidos de tierra a punto estuvo de pegarle una paliza, pero se contuvo. La amenaza que se cernió sobre él durante aquellos breves instantes hizo que se olvidara de la montaña. Comió en calzoncillos, silencioso y contrito, y después la tía lo metió en la bañera. Repeinado y con ropa limpia, esperó sentado en una silla del patio, muy quieto, atento a las sombras del otro lado de la puerta, que lucía grietas portentosas, a través de las cuales, y hasta hacía medio año, Chi-Huei se había dedicado a espiar a su vecino, el viejo señor Chao Li. El señor Chao Li tenía una casa más grande que la de la vieja, a la que se accedía por un patio separado de la calle mediante un muro bajo con rejas. En mitad del patio el tío Chao Li, que era como lo llamaba Chi-Huei, tenía una inmensa jaula con gallinas. Hacía ya medio año que el tío había muerto, y su casa había sido demolida. Un edificio tan gris como los que se construían en esa calle y en las adyacentes, y más lejos aún, por toda la ciudad edificios grises, iba a ser levantado en el solar, todavía lleno de escombros.

–¿Puedo jugar ya? –preguntó Chi-Huei.

–No. Tu padre tiene que estar a punto de llegar –respondió la vieja.

Pero su padre no llegaba, y para que no se pusiera nervioso y empezara a dar la lata, la tía le dejó ver los dibujos animados. En unos cuantos minutos Chi-Huei se olvidó también de la espera, sumergiéndose con una sensación de absoluta paz en los movimientos de los muñecos en la pantalla.

A las cuatro de la tarde sonaron tres golpes. La vieja se había quedado dormida en el sofá, frente al televisor, y Chi-Huei se deslizó del sillón y salió al patio. Los cristales le devolvieron una imagen borrosa de la vieja en el sofá, y convencido de que no iba a despertarse ni con cien golpes más, se sentó tranquilamente en el suelo, muy cerca de la puerta. A través de una rendija observó los pantalones de paño azul marino y la camisa blanca, algo deslucida, del hombre que, se suponía, era su padre. No tenía sensación alguna de estar ante un padre. Se quedó muy quieto; volvieron a caer más golpes, cinco esta vez, sordos e impacientes, y luego aquel extraño miró por la cerradura. Chi-Huei pudo seguir el movimiento de su ojo, que enfocaba la casa y le pasaba por alto. No fue capaz de permanecer en el suelo; de un salto se levantó y echó a correr, mientras el hombre de la calle pronunciaba su nombre con una energía que le resultó odiosa. Pasó como un rayo junto a la vieja, despertándola, y se encerró en su habitación. Todavía podía oír, lejanos, los gritos del hombre de la calle, que disparaba alternativamente su nombre y el de la vieja, con autoridad, y también con cierta alegría. «¡Ya va!», decía la vieja. No escuchó nada de la conversación que su padre y la tía mantuvieron en el salón, ocupado como estaba en esconderse en algún sitio. Lo que sí oyó fue: «Chi-Huei ha salido corriendo», y luego el sonido de la puerta al abrirse. Se hizo el dormido sobre la cama.

–¿No quieres saludar a tu padre, niño tonto? –le dijo la vieja. Chi-Huei se puso en pie, y sin responder, con la vista clavada en el suelo, se acercó. Miró el cuello delgado y el rostro macilento, parecido al de las fotografías, y por ello mismo profundamente extraño, turbador. Su padre se agachó. Estaba muy delgado y le olía mal el aliento.

–Se ha enfadado porque no ha venido su madre –se disculpó la vieja.

Estaba apoyada en la cómoda. Su padre lo observó durante largos segundos; lo tenía agarrado del brazo, con fuerza, como si temiera una estampida. Trató de soltarse y su padre le dijo:

–¿Te has acordado de mí?

Su voz era parecida a la del teléfono.

–Claro que se ha acordado –soltó la vieja–. ¿O no has estado todo el tiempo preguntando por tu padre y tu madre?

Chi-Huei se encogió de hombros.

Después de que su padre se lavara, cenaron. La tía había preparado una barbaridad de comida, y estuvo todo el tiempo levantándose para traer los platos, que se fueron sucediendo sin tregua en la mesa: la bandeja con carne y verduras frías, los salteados, los mariscos, los bocadillos dulces y la sopa con los tazones de arroz. Ella y su padre comían de las bandejas y los platillos, mientras que Chi-Huei lo hacía en su tazón, esperando cada vez que lo terminaba que la vieja le pusiera más. Su padre le invitaba todo el tiempo a pescar de un caldero que hervía sobre una hornilla portátil los mariscos más grandes, pero Chi-Huei, a pesar de que le resultaba atractivo ponerse a cazar bichos en la olla, se negaba a participar del falso bullicio familiar, en el que de repente la tía parecía estar al lado de ese ser extraño, tan delgado y con el pelo, al igual que él, formando un champiñón grasiento alrededor del rostro demacrado. Su padre había empezado a hablar del restaurante, con cierta lentitud, quedándose a veces bloqueado cuando la tía le preguntaba algo. Aun así, conforme avanzaba, transmitía una sensación de enorme exhaustividad, como si no quisiera dejarse atrás un solo detalle, o como si huyera de las preguntas de la tía describiendo más y más. Las tarjas de lavado, los fogones, la campana de extracción de humos, la plancha, el horno, las freidoras, la cámara de congelación, las vitrinas, las repisas, la cafetera, la vajilla, la mantelería, las sillas, las mesas, las lámparas, las sartenes y las ollas, la decoración, las paredes cubiertas con aglomerado de madera para atenuar el ruido, el luminoso de la entrada, la comida. Todo fue descrito con una minuciosidad que daba vértigo. También habló de cómo se repartían el trabajo, de las horas a las que abrían, de que tenían muchos clientes habituales porque la comida era barata, de que había turistas. Chi-Huei lo miraba como si hablara en una lengua extranjera. Absorbía el rostro de su padre, seco, anguloso, con las aletas de la nariz vibrantes, y gracias a que nuevos bocados llegaban raudos a su tazón su mudo acecho no traspasaba el umbral de la estupidez. De vez en cuando su padre le hacía comentarios intrascendentes como: «Está bueno el pepino, ¿eh?». Para él no parecía haber transcurrido demasiado tiempo, tal y como demostraba aquella sencillez con la que le hablaba, en la que no había gran cosa que decir no porque llevaran tres años separados y se comunicaran sólo por teléfono, sino porque, aun habiendo vivido juntos, las preguntas habrían sido exactamente las mismas. Lo único que llamaba la atención de su padre era su estatura, y le dijo cuando la tía se levantó a por la sopa: «Ponte de pie para que vea otra vez lo que has crecido». Chi-Huei obedeció. Alrededor de su boca, sonriente, había restos de aceite. «Ya puedes sentarte», y Chi-Huei se sentó, mientras la vieja repartía los tazones con el líquido caliente. Su padre se había puesto rojo, chorreaba sudor y le faltaba el aliento. «Es el asma», dijo. Tras sorber sonoramente la sopa y acabar con el té, se quedó dormido durante unos cuantos minutos en la silla, respirando de la misma forma entrecortada, histérica, y la tía comentó que tenía que estar muy cansado para dormirse en mitad de aquel ahogo. Su padre se despertó de golpe, y fue entonces cuando se levantó y sacó de una mochila el sobre que Chi-Huei, desde el patio, vio entregar a la tía, y que contenía un voluminoso fajo de billetes. Luego, alegando no haber dormido nada en treinta y dos horas, se acostó.

 

 

Elvira NAVARRO

La ciudad feliz

Un homenaje de ficción

97884397320371Hace algunos meses se anunció a bombo y platillo en la prensa nacional la publicación de un libro de Elvira Navarro sobre la muerte de Adelaida García Morales, autora de El Sur, la novela que inspiró la célebre película de Víctor Erice, su exmarido, quien, a los pocos días, publicó en el diario El País un artículo a toda página en el que criticaba duramente el libro y acusaba a Elvira Navarro de falsear la vida de Adelaida, de ensuciar su imagen y de dañar, con ello, los sentimientos de su familia.
Movido no tanto por la polémica -sospechosa, como sucede a veces en estos casos, de no ser más que publicidad encubierta del grupo editorial- como por el interés por ambas escritoras, por Elvira Navarro y por Adelaida García Morales, acabé por leer el libro, que encontré interesante, y lo primero que debo decir es que no me parece que haya razón para tanta controversia, pues tanto la nota de la contraportada como las aclaraciones que contiene el libro dejan claro que se trata de una obra de ficción, que todo es falso, y que todo parte de un episodio, al parecer cierto aunque bastante borroso, en el que la escritora, que vivía en Dos Hermanas, habría acudido a una delegación de Igualdad pocos días antes de morir pidiendo cincuenta euros para poder viajar en autobús y visitar a su hijo en Madrid. A partir de esa anécdota -tampoco demasiado clara, como digo- Elvira Navarro traza dos historias paralelas, la de la concejala (en el libro, del área de cultura) que niega la ayuda a la escritora y que, al enterarse de su muerte, comienza a indagar en torno a ella con idea de hacerle un homenaje y salvar así su propia imagen, y la de una directora de cine que filma para un documental el debate entre varios personajes más o menos cercanos a la escritora fallecida.

A medida que uno avanza en la lectura va teniendo la sensación de que la primera historia, la de la concejala, acaba siendo una suerte de rememoración de El Sur, en la medida en que el personaje, al leer ese libro, acaba por evocar también -como ya hacía la protagonista de la novela de García Morales- la traumática relación con su padre, y de que la segunda historia, la de la realizadora -que es en buena medida un trasunto literario de la propia Elvira Navarro, expresando, hacia el final, respecto a la película que quiere rodar, las mismas dudas y reparos que seguramente tuvo la autora al escribir el libro-, se convierte, por el ambiente tenebroso, fantasmal, casi demoniaco, en una suerte de secuela de El silencio de las sirenas, con lo que, al final, lejos de ensuciar la imagen de Adelaida García Morales, el libro de Elvira Navarro le rinde homenaje, de una forma, eso sí, peculiar, recreando literariamente la atmósfera de sus dos novelas de más éxito y convirtiéndola, además, en personaje de lo que podría haber sido -salvando, claro, las distancias- uno de sus libros, una idea esta última que bien podría haber nacido del programa de radio A vivir, de Javier del Pino, de la necrológica dedicada en él, en su momento, a Adelaida García Morales y que Elvira Navarro reproduce íntegra al final del libro.

Porque hay que decir que casi una cuarta parte del libro está dedicada a testimonios, aclaraciones y créditos. En ella aparece transcrito el podcast del programa mencionado, pero también extractos de diferentes noticias en medios escritos sobre la muerte de la autora, dos correos electrónicos en los que una amiga habría contado a la escritora el triste episodio de los cincuenta euros y multitud de referencias a artículos periodísticos y páginas web de los que se habría servido Elvira Navarro para construir su historia. Esta última es, de todo el libro, la parte que más me desconcierta. No acabo de saber la razón de tantas explicaciones. Me parecerían superfluas si lo que la autora pretende -poniendo el parche antes de la herida- es dejar constancia de sus buenas intenciones, de su deseo de mentir -en la medida en que toda ficción es una mentira- pero no de calumniar, pues para eso habría bastado la nota de la contraportada y, quizá, una breve aclaración preliminar, y no ese exceso de información que acaba de poner en entredicho el valor del propio texto, pero si, por el contrario, la intención es la de poner todas las cartas sobre la mesa, ofreciendo al lector, en una suerte de work in progress, todos los materiales a partir de los cuales la escritora ha urdido la ficción, la propuesta me parece rica, novedosa y sumamente interesante, digna de ser analizada en talleres literarios y escuelas de escritura cuando se habla de cómo se construye una novela.

En definitiva, Los últimos días de Adelaida García Morales es un libro curioso e interesante que invita a leer, o a releer, a la autora de El Sur y de El silencio de las sirenas, y que no deja de suscitar dudas, dudas que uno puede tratar de resolver, directamente, leyéndolo, pero que también tendremos ocasión, quizá, de despejar el jueves, 23 de marzo, a las 20:00 horas, en la sala Verdugo, en la penúltima sesión del Aula de Literatura de este curso, a la que están todos ustedes invitados.

Juan Ramón SANTOS en PlanVE

Fragmento de “Los últimos días…”

9788439732037Una mujer se presenta en el despacho de la concejala. Es un cuarto desabrido, con tres ceniceros sobre una repisa de obra y varias estanterías atiborradas de cartapacios y libros cuyo tema es el propio municipio, hoy convertido en una ciudad dormitorio. Hay desde publicaciones del cronista local hasta un volumen de leyendas comarcales, pasando por un poemario infantil de una maestra jubilada que cuenta cómo los Reyes Magos llegan al pueblo para alegrar el árbol de Navidad de los hogares humildes.

La mujer que tiene ahora delante parece una pobre. No va sucia, pero algo en ella luce largamente descuidado, como la fachada de un edificio cuya pintura se deja caer. Se adivina que los moradores de esa finca aún tratan de convertir su interior en un hogar, aunque también puede colegirse, por el temblor de las luces que vierten las ventanas, que alguno se mete en la cama sin calefacción y sin cena.

A la concejala, en su mesa sobria y pintada muchas veces del mismo color marrón (las capas de pintura desprendida trazan discretas gargantas en cuyos pliegues va acumulándose el polvo), le abruman las pilas de papeles colocadas a su izquierda y derecha. Se lleva una mano a la frente antes de dirigirse a esa señora de aspecto descompuesto.

—¿Qué desea?

—Soy Adelaida García Morales.

La concejala se acuerda entonces de que Trini, la secretaria, le ha dicho que esa individua deseaba verla. Nunca ha logrado retener el nombre de la escritora más que para reconocerlo cuando alguien lo pronuncia y volver a olvidarlo al cabo de un rato. Es concejala de Cultura, pero hace años que apenas lee. Va al teatro todo lo que puede, y también a conciertos de flamenco, a la ópera y al cine; sin embargo, ya no encuentra tiempo para los libros. En las raras ocasiones en que se tumba en el sofá con una novela, su atención se dispersa. Se ha acostumbrado a que leer signifique picotear artículos de prensa, entrevistas o estados de Facebook. ¿Y podrá ser de otro modo mientras su cargo la obligue a estar al día de lo que ocurre en la política nacional y local?

Adelaida García Morales se ha personado varias veces cuando ella no estaba. Trini le ha advertido de que le falta un tornillo. Hace casi un lustro, motivada por su nuevo cargo en el consistorio, y porque alguien le comentó que había una escritora residiendo en la localidad, la concejala quiso saber quién era García Morales. La googleó, pero como no está al tanto de los códigos literarios y la entrada que le dedica la Wikipedia pinta escasa, no le quedó claro si se trataba de una autora relevante. Preguntó sobre sus libros en su círculo familiar y de amigos; sólo su marido la había leído. Éste le dijo que su éxito fue efímero. Más tarde, la regidora se enteró de que, durante un tiempo, una de las novelas de esa mujer figuró como lectura obligatoria en los bachilleratos de algunas comunidades autónomas. Ni siquiera el que se la hubiese incluido en ciertos manuales escolares —hecho que para la concejala aclaraba, al menos parcialmente, la importancia de su obra— le impidió olvidarse del nombre de la escritora.

Entran en la sala tres personas que conocían a Adelaida García Morales. Las paredes exhiben un gotelé sucio. Su único adorno es una fotografía antigua del Palmeral de Elche. La realizadora no se explica qué hace el Palmeral decorando el cuarto de visitas del Centro de Orientación y Dinamización de Empleo del Polígono Sur de Sevilla. Se siente azorada ante esas dos mujeres y el hombre, que la miran expectantes y con cierta incomodidad. Pero la incomodidad, piensa, es una proyección suya. A menudo fantasea con la hipótesis de que sucede ante ella lo que crea su cabeza, porque es como si se mascaran las causalidades, como si los hechos, que nunca pueden ser datos puros, contuvieran no obstante una interpretación inequívoca.

La sala se la ha facilitado su amiga Charo, que es socióloga. «Aquí tendrás buena acústica, y la cámara coge todo el sofá si la colocas junto a la puerta», le dijo cuando rodó en el barrio un documental sobre los realojos para la televisión autonómica.

—Siento haceros venir hasta aquí, pero es el mejor sitio que he encontrado para grabar. —Las dos mujeres y el hombre no chistan. Quizás para ellos salir en una película sea suficiente recompensa—. ¿Cómo habéis llegado? —continúa la realizadora.

Enseguida se da cuenta de que su pregunta esconde otra bien distinta, de que sus palabras apuntan al medio de transporte sólo para disimular.

—En el autobús —dice la mujer rubia.

—Me ha traído mi hijo. Era la primera vez que venía. Iba hasta con miedo —interviene la de melena cana y larga, apartada de la cara con dos horquillas naranjas un tanto infantiles, a juego con un collar del mismo color.

Estas breves llamaradas son la única excepción al gris del cabello y de su traje sastre.

—Yo he venido en coche. El Centro tiene su propio aparcamiento y me dijeron que por la tarde siempre hay plazas libres —dice el hombre.

—Empezamos a grabar en un minuto —avisa la realizadora.

—Pues espera, que me pongo en mejor postura —suelta con una risita la señora rubia. Saca pecho y hace un gesto entre coqueto y desafiante. Luego añade—: Vaya lugar. ¡Como para ir enjoyada!

La realizadora enrojece. Cae un extraño silencio en esa parte del polígono. El Centro de Orientación y Dinamización de Empleo es una isla. No hay cámaras, el vigilante es del barrio y le paran por la calle para pedirle trabajo, aunque tal cosa sólo ocurre cuando cruza la avenida. El edificio, con aspecto de caseta de obra, no deja de ser un gueto en el que no trabaja ni un solo gitano, y eso levanta una frontera que contradice la labor del Centro, como si luchar contra algo fuera la vía directa para reforzarlo. Por la avenida pasan pocos coches a pesar de que en los pisos se hacinan las familias. En lo que queda más allá del Centro de Orientación reina un bullicio de sillas sacadas a la calle, maleteros abiertos de los que sale el flamenco, cante de mujeres y niñas y hombres, chusneo, gritos de adolescentes a los que antes perseguían los trabajadores sociales para convencerles de que fueran al instituto, y que ahora vaguean en los portales y tiran las colillas de los porros en los cajetes secos, pues ya no hay dinero para pagar a los asistentes, ni para mantener ajardinados unos alcorques donde ningún árbol, flor o seto va a conservar sus raíces bajo tierra más de una hora. Todo se roba y se vende, y cuando no se vende pasa a formar parte del mobiliario de los abigarrados salones, o de patios de luz cuajados de trastos y gitanillas. La consigna es ésta: lo que se consigue de los otros tiene un valor de cambio o un lugar perdurable, y esto último no incluye el cuidado. Las cosas se almacenan con avaricia y se maltratan.

Cuando meses atrás se le ocurrió hacer un documental basado en Adelaida García Morales, lo único que tuvo claro es que Sevilla debía ser su escenario, pues el relato más célebre de la autora, El Sur, termina allí. Además, siempre ha leído esa historia como si fuese la biografía de la escritora. Durante semanas, mientras le daba vueltas a cómo abordar su película, deambuló por esta ciudad cercana al pueblo donde ahora reside, que en El Sur aparece descrita como «hecha de piedras vivientes, de palpitaciones secretas. Había en ella un algo humano, una respiración, un hondo suspiro contenido. Y los habitantes que albergaba parecían emanados de ella, modelados por sus manos milenarias».[1] Aunque persiguió lo más vetusto de la metrópoli, pronto se rebeló contra su manera de buscar. Un mediodía de mayo se dio cuenta de que las casas antiguas que visitaba, con sus añosos patios de azulejo, las calles de adoquines, las fachadas blancas o de color albero saldrían en su documental como elementos demasiado folclóricos y alejados de la pátina desvaída, indeterminada, atemporal, de la Sevilla de El Sur. En sus relecturas para buscar ideas, la realizadora no dejó de admirarse de que ciertos lugares que en cualquier otra narración no podrían evitar sus resonancias turísticas, como Itálica, aparecieran en el relato de la autora pacense casi de puntillas, sin querer queriendo, tal que si se nombrara otra cosa. García Morales se escapaba de esas palabras manidas, olorosas a fino y a tienda de souvenirs, para enfocar rastros invisibles entre gruesos muros de piedra y sol inclemente e irreal, si bien la irrealidad de El Sur no tiene nada que ver con esa estampa insolada, sino con una inocencia a la hora de nombrar el paisaje, de crearlo desde el asombro y la soledad radical. Mientras hacía estas reflexiones, la realizadora se dio cuenta de que esa misma inocencia había acudido en su ayuda. Enseguida pensó en la luz de la habitación donde ahora se dispone a grabar, una luz que le gustó cuando estuvo filmando un encargo en el polígono. Decidió que, si hacía entrevistas, éstas tenían que estar impregnadas de la atmósfera de esa sala. La manera como la cortina filtra la luminosidad de primera hora de la tarde la llevó, la otra vez que trabajó aquí, a un lugar del norte, a una impresión de lluvia, de espera, de imposibilidad de las siestas porque el día se acaba demasiado pronto y no se le puede dar tregua. Y ahora, decidida ya a que otras voces convoquen a Adelaida García Morales, quiere recrear eso.

Empieza a rodar. Al cuarto donde ha dispuesto el set no llegan los ruidos. La claridad suave, a punto de iniciar su caída, da a las dos mujeres y al hombre un halo fantasmagórico que contrasta con lo que dicen, con la mundanidad de sus palabras, tal que si fueran espectros en una taberna para amenizar con chascarrillos a los parroquianos.

—Que no te preocupes, mujer. La gente se pone muy tonta con el polígono, pero tú tienes que hacer tu trabajo —dice el hombre.

La realizadora teme que el entorno se imponga en la conversación y que eso la obligue a tener que encauzarla a cada rato, lo que rompería su plan de evitar las intervenciones. No quiere que su voz salga en el documental, y tampoco que haya demasiados cortes. Si trocea mucho la grabación, el encuadre fijo del grupo dejará de tener sentido. Repite las pautas dadas poco antes a sus entrevistados en un habitáculo anexo, frente a una máquina de café, una botella de agua fresca y un plato con pastas (todos rehusaron la modesta merienda):

—Me gustaría que me contarais cómo conocisteis a la escritora y cuál era vuestra relación con ella. Podéis abordarlo del modo que queráis, no tenéis que seguir ningún orden. Olvidaos de que estoy aquí y charlad como si estuvierais solos. Como si hubierais quedado en una cafetería, por ejemplo.

—Uy, pero entonces tenemos que fingir. Eso es muy difícil, yo no soy actriz —dice la mujer rubia.

—No, no. Me he explicado mal. No tenéis que fingir nada. Sólo os pido que habléis tranquilamente, que no os condicione mi presencia. Sé que olvidaros de mí es complicado, pero…

—Yo la conocía desde hace años, porque su hijo y el mío iban al mismo colegio. Coincidíamos en la puerta. —La de las horquillas naranjas interviene con un tono de voz muy alto; parece tener miedo de que sus palabras no queden grabadas—. Ninguna madre sabía quién era. En cambio, yo la había leído. Me costó reconocerla. Cuando no había internet ni tanta tele, sólo sabías sobre las personas relevantes por los periódicos, aunque a mí la cara de Adelaida me sonó gracias a las fotografías (…)”.

 

Elvira NAVARRO

Los últimos días de Adelaida García Morales

Expiación

ect94470El agua deja sobre la burbuja de corcho gotas muy pequeñas, de forma ovalada, que apenas resisten el vaivén imperceptible con el que la niña procura mantenerse a flote.

Está el deseo de que las gotas brillantes de sol no acaben resbalando sobre la superficie del corcho, pero es tremendamente difícil permanecer inmóvil, en primer lugar porque la burbuja se hunde un poco, y luego, una vez descartado este método, porque cualquier movimiento resulta excesivo para las gotas, que se deshacen a ambos lados dejando una estela de motitas demasiado imperceptibles para ser dignas de contemplarse.

Un estrecho cartel a la entrada del recinto advierte de que la piscina es para uso exclusivo de los habitantes de los chalets. Más allá, a la sombra de unos eucaliptos, dos mujeres están sentadas en unas hamacas. Una de ellas tiene la cabeza cubierta con una redecilla, y mira con angustia la quietud de la niña, imaginando tal vez que el asunto estriba en descubrir las fantásticas formas sugeridas por el trazado del agua en la burbuja. En todo caso toma por concentración lo que sólo es una desesperada tentativa de suprimir el movimiento, y se siente francamente alarmada; no es posible, musita, estarse quieta sin coger frío, y además la niña no sabe nadar bien, y con la burbuja desabrochada puede ahogarse. ¿Cómo obligarla a que se abroche la burbuja? A lo largo de los días, la mujer ha tomado franca aprensión a interrumpir los juegos de la niña, y cualquier decisión al respecto se presenta como una tarea humillante. La niña acostumbra a huir de ella, y se esconde por todos sitios obligándola a dar innumerables vueltas. Ella está gorda, hace calor y desde hace diez años envejece sin remedio.

Ahora la niña, que se sabe observada desde hace largo rato, con ese instinto del momento oportuno ha dado la vuelta a la piscina hasta colocarse en un pequeño recodo donde no es vista, y sin hacer ya caso ni a la burbuja ni a las gotas espera el paso renqueante de la tía, la cual, como siempre que se ve envuelta en tales dilemas, ha consultado con Estrella.

—La niña sabe nadar, Adela —obtiene por toda respuesta.

Adela no le hace caso. Se pone en pie y se acerca allí donde la piscina describe una caprichosa curva, que es donde la niña la espera a pesar de no levantar ni una sola vez la mirada hacia ella. Con cuidado de no resbalar va metiéndose poco a poco en el agua por la escalerilla, y comienza a nadar alrededor de la sobrina con cautela, alejándose de cuando en cuando para no levantar sospechas, y con el deseo no sólo de vigilarla, sino también de recibir alguna invitación para participar del juego. La niña, agarrando con fuerza la burbuja, ya se aleja hacia la otra punta, y la tía la sigue durante un rato, siempre como a hurtadillas y sin abandonar la esperanza de la invitación, hasta que finalmente, resentida, acaba por aguantarse con su baño solitario y con vigilar desde la distancia.

Se acerca la hora más espantosa del día: la del regreso a casa. Subir la empinada carretera, sentir la frialdad de las paredes en la tela mojada y en los dedos de los pies, y unas manos que arrancan el bañador, secan con una toalla áspera y la visten con una camiseta y unos pantalones cortos hasta la noche. Las imágenes se suceden en su cabeza con rapidez, produciendo primero una leve desazón, y luego un goce consciente de sí, al que la niña se abandona, como muerta; el brazo dejado caer por encima de la burbuja para evitar cualquier esfuerzo, en un placer comparable tan sólo al del inicio de la mañana, cuando sus miembros vuelven a tomar contacto con el agua. El detenimiento del mediodía confiere al pequeño cuerpo un carácter irreal. La tía observa largo tiempo, ya fuera del agua, atontada por el sol; cuerpo flotante a punto de hacerla estallar, y se dice: se hace la muerta a propósito, ¡a propósito! Detiene este pensamiento y a continuación se echa la culpa: la loca soy yo. Vuelve a detenerse, confundida, hasta que finalmente se acerca a la niña y, sobre ella, grita. La niña reacciona con rapidez sacando la lengua a la tía, un poco insegura, basculando entre la mirada acusadora y perturbada, el pudor de haber sido sorprendida en semejante comunión con el agua y el nuevo placer de la huida, concentrado en los brazos y las piernas, que se agitan velozmente imitando los movimientos de una rana.

—¡Croac, croac! —exclama, desafiante.

El ritual es el mismo todos los días de la semana. Adela se acerca; cuerpo gordo en convulsión como consecuencia del pavor producido por el contacto con el cuerpo infantil que rechaza, que obliga a mandar desde el borde de la piscina. La niña no se mueve; de repente está sorda, o chapotea con todas sus fuerzas. El miedo no es advertido por la tía, que se queda siempre perpleja ante el espectáculo de la desobediencia, llevado hasta el límite terca e inconscientemente. Adela vocifera, y su voz, de tono demasiado bajo, se quiebra bajo la potencia del grito, nunca alcanzado del todo, nunca con la autoridad necesaria para ser acatado. Es exactamente la debilidad de la mujer lo que hace que la niña se asuste, y lo que a la vez provoca el rechazo, más cuanto que no existe nada que la haga comprender esa situación odiosa: la de la tía al borde de sí misma a causa de una asquerosa pequeñuela mimada. Ese poder es todavía demasiado grande e insufrible. Demasiado grande sin palabras.

Estrella hace por fin su triunfal aparición, que consiste en colocarse al lado de Adela y mirar a la niña con cara de no hagas sufrir a tu tía, anda. La diligencia que la niña pone en obedecerla entra en el juego de la desobediencia, y cuanto más perfecta es la puesta en escena; cuanto más rápida la salida del agua y más devota es la mirada que dirige a Estrella, más le tiembla el labio a la tía, horrorizada por la farsa. La niña mira por un solo instante a la mujer, justo antes de que ésta emprenda el camino hacia el chalet sin esperarlas, buscando tal vez un ojalá te ahogues, pero no encuentra más que la misma expresión dolorida y reseca. La victoria adquiere entonces tintes amargos. Todo sin palabras, ahora ella es sucia, aunque por la carretera empinada enseguida se olvida; mira las villas y se entretiene deseando todas aquellas disposiciones espaciales, de leves y abismales diferencias.

La zona residencial la conforman unos veinte chalets estilo años setenta, modestos, que ascienden por la ladera de la montaña y que tienen todos un gran jardín reseco, lleno de jara y otros arbustos. En el chalet de Adela sólo los arriates que rodean la casa están primorosamente cuidados, repletos de jazmines, geranios, pensamientos y begonias por la parte delantera, y por la trasera de árboles frutales y de una increíble mimosa rebosante de flores amarillas que despide una fragancia muy densa, y que constituye el olor por antonomasia del lugar. En la parte de monte, a la que se accede bajando unas escaleras muy empinadas, hay una mesa enorme y redonda de piedra, con cuatro bancos también enormes. Al fondo se apila leña, y todo está limpio de matorral. Es aburrido jugar allí, y la niña sólo baja cuando quiere mirar el monte a través de la alambrada, pues más allá del chalet de la tía nada se interpone entre ella y la montaña. Es el último chalet y el más alto.

La imagen más fascinante es la de la carretera, apenas una raya en la calima borrosa, surcada por el reflejo del sol en los coches, que avanzan a gran velocidad. Su sonido se vuelve nítido durante la noche, y mientras el sol gobierna es sólo un suave zumbido, a pesar de que ninguna estridencia preside las jornadas. La niña a veces permanece muy atenta al paso de los automóviles. Cuando alguno se acerca, espera con una …

 

Elvira NAVARRO

La ciudad en invierno

Fragmento de “La trabajadora”

RH28061.jpgMi situación económica no era buena. Había tenido que cambiar mi apartamento de Tirso por otro en Aluche, en lo alto de una cuesta con un gran solar. Me dijeron que se trataba del cerro donde Antonio López pintó una de sus vistas, pero lo único que encontré en mi búsqueda inter- nauta fue un paisaje desde Vallecas y otro que rezaba “Madrid sur”, que no concordaba con lo que yo veía desde la ventana. No obstante se le parecía, sobre todo al subir del asfalto y de los tubos de escape esa nube cenicienta y achicharrante que se mezclaba con la luz del verano, y cada vez que iba a la terraza lo hacía con la convicción de que ese era el punto exacto desde el que se desplegaba el sur de Madrid.

Trabajaba en el salón, frente al océano de edificios de ladrillo rojo y encima del solar, en cuyos mazacotes de tierra crecían jaramagos de un tenue amarillo, y todos los lunes llegaba a la séptima planta del Grupo Editorial para entregar mi trabajo. Al principio pensé que sería una liberación corregir en casa, pues detestaba atravesar la ciudad. Tenía que ir hasta la Quinta de los Molinos, con dos trasbordos mediante y una breve espera en la estación de Avenida de América, donde las partículas en suspensión se me adherían a los pliegues de la ropa. Las conversaciones con Felipe y Asun en la máquina del café no me resarcían del tedio de pasar ocho horas ante las pruebas de un manuscrito, en una estancia sin ventanas y con un techo bajo de escayola.

Cuando llegaban, como envueltos en aire, los colaboradores externos, no podía evitar la envidia, e imaginaba que tras soltar las pilas de papel iban a perderse por la Quinta, entre la extraña plantación de almendros y olivos que en el invierno se escarchaban, o que se zambullían por donde yo lo había deseado durante todas las mañanas de mi vida laboral antes de entrar en la oficina: atravesando el parque y sumergiéndose entre los edificios que brotaban aquí y allá, salteados como un plato chino entre antiguos y ruinosos inmuebles. A veces yo también paseaba al salir, pero me sentía ya cansada, y no era lo mismo. Antes de que me rescindieran el contrato había barajado la posibilidad de comentarles a mis jefes si podía maquetar desde mi casa un par de días a la semana. Cuando me anunciaron que iban a convertirme colaboradora externa, me habían reducido el sueldo, y empezaba a tener problemas para llegar a fin de mes.

Les había pedido a los de la Sociedad Pública de Alquiler que ampliaran la búsqueda de un lo-que-sea para mí sola a los barrios. Estaba a punto de resignarme a coger una habitación en un piso compartido cuando me llamaron para enseñarme el apartamento de Aluche. Costaba 550 euros, el límite de lo que yo estaba dispuesta a pagar, aunque también el límite, por abajo, de lo que podía encontrar, salvo milagros de renta antigua. En mi búsqueda me había visto ya desplazada hacia el sur, barriendo Delicias y llegando a la M-30 una tarde de lluvia. El día que di el sí a los de la Sociedad Pública la atravesé por un puente de esos de hierro, feo y con inútiles tramos de escalerillas, y callejeé primero por Usera y luego por Carabanchel, sin detenerme por primera vez en cuatro meses a apuntar los teléfonos de los carteles de SE ALQUILA. En General Ricardos me subí a un autobús y me apeé en una parada provisional junto a una calle de casitas bajas y modestas que resistían a la demolición.

Las conversaciones con Felipe y Asun en la máquina del café no me resarcían del tedio de pasar ocho horas ante las pruebas de un manuscrito

Hacerme colaboradora externa había sido el primer paso. Luego empezaron a atrasar los pagos y a ingresármelos a tiempo sólo cuando me quejaba. Me decían que tenían esa deferencia conmigo porque se sentían avergonzados. Cuando llegó el frío llevaba dos meses sin cobrar, y había comenzado, sin demasiado éxito, a asomar el morro en otras editoriales. Trabajaba hasta muy tarde con pruebas y correcciones en pantalla que me dejaban sin ganas de leer y de mirar más pantallas, y tenía que salir a la calle, caminar y beberme un par de cervezas. Aquel invierno en que retrasaron los pagos, no obstante, fue virulento, y por todas partes encontraba un hielo que se adhería a las superficies de una manera que contradecía las leyes de la naturaleza, como si el relente se negara a disolverse.

No quería ver aquel hielo ni congelarme, y puesto que era incapaz de quedarme en casa, mis caminatas empezaron a convertirse en una suerte de carreras en las que al principio procuraba no mirar nada. Me limitaba a concentrarme en mi respiración, siguiendo la misma lógica que un año atrás me había llevado a atravesar la M-30 y a deambular por Carabanchel y por Usera. Durante un mes estuve llegando noche tras noche a Eugenia de Montijo, a un parque desde el que podía observar cómo echaban abajo la antigua cárcel, ante cuyas piedras me quedaba un buen rato, pues aquella desolación me resultaba consoladora, y luego volvía en metro a mi casa, o andando. Cuando el frío se hizo más intenso y se acentuó mi necesidad de huida, empecé a subirme a autobuses. No iba muy lejos, entre otras cosas porque el servicio normal terminaba a las once y media; sin embargo, era suficiente para empezar a componer una suerte de itinerario mental que funcionaba como una evasión muy efectiva. La Colonia San Ignacio de Loyola, General Fanjul, Carpetana, plaza Elíptica, algunos tramos de avenidas vacías que me dejaban una agradable sensación de estar en otra parte, Leganés a lo lejos cuando me decidía por ir al sur para observar las colinas y el tráfico siempre histérico de la carretera.

A veces me sentaba, aunque solía quedarme de pie, cerca del conductor, pues eso me permitía escuchar las conversaciones entre este y los viejos que subían a aquellas horas (juro que casi siempre eran viejos). En lo que duraban estos viajes por calles de las que luego guardaba una memoria nítida, aventuraba soluciones, como la de alquilar un cuartucho del apartamento, antiguo vestidor, para desahogarme un poco económicamente; sin embargo, enseguida me daba cuenta de que no quería a nadie, y de que además me había instalado en una paradójica familiaridad, pues todos mis másters y mis estancias en el extranjero se revelaban ahora como una negación anticipada de lo que me ocurría. Es decir: que me había estado preparando torcidamente para algo parecido a esto. No me consolaba ni me justificaba con ello, pero sí me permitía regodearme en la extrañeza, que es siempre una especie de sentido poético algo estúpido, y desde ahí aventurar que se trataba tan solo de un mientras tanto. Algunos días intentaba un antiguo itinerario, de cuando compartía un dúplex cerca de Ciudad Universitaria e iba a contemplar el atardecer al Alto de Extremadura. Cerca de allí salían unos microbuses que circulaban por todo el distrito. Uno de aquellos microbuses finalizaba el trayecto en un cerro con un solar, muy parecido adonde vivía ahora, si bien ignoraba hacia qué dirección tenía que ir, y además era de noche. En cualquier caso me servía de aquella minificción para redundar en todo este asunto.

Elvira Navarro

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Elvira Navarro Estudió Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado dos libros complementarios, La ciudad en invierno (Caballo de Troya, 2007) y La ciudad feliz (Literatura Random House, 2009), la novela La trabajadora (Literatura Random House, 2014) y acaba de publicar Los últimos días de Adelaida García Morales (Literatura Random House, 2016). Es también autora del blog Periferia (www.madridesperiferia.blogspot.com), un work in progress sobre los barrios de Madrid. Su obra ha sido galardonada con el Premio Jaén de Novela y el Premio Tormenta al mejor nuevo autor, y quedó finalista del Premio Dulce Chacón de Narrativa Española. En 2010 fue incluida en la lista de los 22 mejores narradores en lengua española menores de treinta y cinco años de la prestigiosa revista Granta. En 2013 fue elegida una de las voces españolas con mayor futuro por la revista El Cultural, y en 2014 la misma revista seleccionó su obra La trabajadora entre las diez mejores novelas en español del año. Durante 2015 ejerció de editora del sello Caballo de Troya.

Elvira Navarro visitará el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” de Plasencia los días 23 y 24 de marzo. El jueves 23, a las 20:00 horas, leerá para todo el público en la Sala Verdugo, y el viernes 24, en torno a las 12:30, visitará el IES Parque de Monfragüe en un encuentro con alumnos de bachillerato de toda la ciudad.

Presentación. Sérgio Godinho

Desde que estudiaba idiomas me gustan las palabras que no tienen traducción en castellano, las que carecen de un equivalente directo en nuestra lengua y nos obligan a utilizar sinónimos más o menos próximos o a explicarlas con perífrasis, eso cuando no nos vemos obligados a dejarlas tal cual en el texto, entrecomilladas o en cursiva, en toda su extranjería, aclarándolas a pie de página por medio de notas explicativas. Me gustan esas palabras porque su carácter único e intraducible pone en evidencia, en último extremo, que el lenguaje es limitado, que no alcanza para describir con exactitud todo lo que pasa en el mundo, pero sobre todo porque intuyo que de algún modo encierran, o condensan, el alma de un pueblo, su forma de mirar la realidad, su peculiar punto de vista, un punto de vista para el que en unos casos se pueden encontrar explicaciones más o menos claras, como sucede con la multitud de formas distintas con las que –según dicen– los esquimales pueden nombrar la nieve, pero que en otros, como, por ejemplo, el de la palabra portuguesa saudade, son necesarios profundos estudios históricos, sociológicos o antropológicos que a menudo no llegan tampoco a aprehender del todo su significado.

Cuento esto porque con los fenómenos culturales pasa algo parecido, que muchas veces resultan imposibles de traducir, de trasladar de un lado a otro de la frontera. Así, por ejemplo, es complicado explicarle a un extranjero –y, si me descuidas, también a un compatriota joven– lo que supusieron en nuestro país un fenómeno tan célebre como la Movida madrileña, un programa tan popular como el “Un, dos, tres” o, peor aún, comprender y hacerle comprender el éxito hace veinte años –con consecuencias nefastas, po cierto, para nuestro idioma– de un humorista tan absurdo, extraño y delirante como Chiquito de la Calzada. Al final la única forma medianamente eficaz de intentarlo es buscar en su país un fenómeno social equivalente, algo que se le parezca, pues es la única manera de que se haga la luz y entienda, aunque solo sea por aproximación, fenómenos tan extraños, tan extranjeros, a veces –vistas las cosas con la debida distancia– tan marcianos.

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Debido a estas dificultades, me resultó afortunado, y muy revelador, que, hablando de la programación del Aula de Literatura de este año, un amigo describiese de un plumazo a Sérgio Godinho, el escritor que nos acompaña esta noche, como el Luis Eduardo Aute portugués, pues aunque su traducción no sea del todo exacta, sí es, en buena medida, adecuada, ya que ambos autores comparten no sólo un cierto estilo musical y unos temas y preocupaciones comunes sino también, y sobre todo, una sensibilidad artística que rebasa el estricto ámbito de la música. Es verdad que uno escucha los discos de Godinho y hay canciones como “É terça feira”, “Emboscada” o “Às vezes o amor” que le recuerdan mucho a Luis Eduardo Aute, aunque, si lo piensa bien, el título de este último tema suene también un poco a Serrat, algo que también sucede con “Sr. Marquês”, tan parecido, en su intención, a “Disculpe el señor”, pero es que, si nos ponemos así, “Dias úteis” o “Espalhem a notícia” recuerdan a la sentimentalidad intimista y familiar de José Luis Perales y “O Porto aqui tao perto”, “O elixir da eterna juventude” o “Bem-vindo Sr. Presidente”, al tono entre irreverente y gamberro de Javier Krahe y el resto de la Mandrágora, lo que al final nos devuelve al punto de partida, a la imposibilidad de traducir a nuestra lengua y a nuestra cultura, en este caso concreto, lo que suponen y han supuesto la obra y la figura de Sérgio Godinho en el país vecino, aunque espero que el merodeo, que este rápido salto de cantautor en cantautor, no haya resultado del todo inútil, que haya servido al menos para que se hagan una idea de quién es y de qué canta.

Un buen ejemplo de la relevancia, y del calado, de la música de Sérgio Godinho en Portugal lo encontramos en una noticia del diario Público de febrero del año pasado que cuenta cómo durante el debate parlamentario en torno a los presupuestos del Estado diputados de distinto signo se increparon mutuamente utilizando frases entresacadas de sus canciones, algo, por otra parte, normal, que los políticos tengan en cuenta las letras de Godinho, pues los problemas políticos, en sentido amplio, han sido desde el principio tema fundamental de muchas de sus obras, algo evidente, y casi necesario, en sus primeros álbumes, Os Sobreviventes, Pré-História y À Queima-Roupa, en canciones como “Maré alta”, “Barnabé” o “Liberdade” marcadas por el fin de la dictadura, la Revolución de los Claveles y la complicada –también– transición a la Democracia, pero que se prolonga, además, hasta hoy en discos posteriores con temas como “Cuidado com as imitações”, sobre las mentiras y sobornos de los políticos, “Coro das Velhas”, rotundamente de actualidad por sus alusiones a la austeridad y al sistema sanitario, o “Domingo no Mundo”, en el que lleva a cabo una desoladora denuncia de la explotación infantil.

Pero nos hemos acelerado y hemos dado un salto demasiado grande en el tiempo, pues en el origen de todo esto lo que hubo fue un muchacho nacido en plena dictadura en el seno de una familia de enorme sensibilidad cultural, con unos padres socios, desde el primer momento, del Teatro Experimental de Oporto y una abuela alfarrabista –otra hermosa palabra intraducible y que viene a significar librero de viejo– que tenía, además, un programa de poesía en la radio, un muchacho criado en una casa en la que no dejaban de sonar música clásica, música francesa, standards americanos o precursores de la bossa nova y que, con apenas veinte años, decide huir de Portugal para librarse, desde luego, de la guerra colonial, con intención, en teoría, de estudiar una carrera, pero, sobre todo, para vivir nuevas experiencias, y ello movido, como le revelaría años más tarde su amigo, el extraordinario escritor Manuel António Pina, por la lectura de un libro crucial para más de una generación: En la carretera, de Jack Kerouac.

Sérgio Godinho se echa, pues, a la carretera y su viaje le lleva primero a Ginebra, donde estudia Psicología, y luego a París, donde vive el Mayo del 68, forma parte del elenco del musical Hair y donde, lo más importante, acaba por encontrar una voz propia, al comprender, después de mucho cantar en francés a lo José Afonso, que debe hacerlo en su lengua materna y hablar de sí mismo, de su país, de la guerra, del momento social y político que estaban viviendo, lo ue le lleva finalmente a publicar su primer disco, Os Sobreviventes, de 1972, con el que triunfa en Portugal a pesar del exilio y la censura. No acaba ahí, sin embargo, el periplo de Godinho, que aún necesitaba vagabundear algún tiempo más, para acumular más experiencias, y eso le llevará hacer autostop por toda Europa, a atravesar el océano trabajando en un barco, a conocer la cárcel en Brasil o a emigrar a Canadá antes de regresar a su país en 1974 aprovechando el estallido de libertad del 25 de Abril.

El resultado de esa odisea, y de más de cuarenta años de carrera artística, veintiún álbumes originales, numerosos recopilatorios, colaboraciones y directos y un puñado libros, es Sérgio Godinho, poeta, instrumentista, compositor, actor, performer, director de cine, dibujante y, por encima de todo, escritor de canciones, que es como a él le gusta llamarse.

En este ámbito –que es, por lo demás, el más destacado de su polifacética carrera–, uno de sus principales intereses ha sido siempre el de reflexionar sobre los otros, intentar comprenderlos, ponerse en su piel, “describiendo –como dice la letra de “As certezas do meu mais grande amor”– lo que he visto, / hombres y rostros y sus gestos como escrituras / del bien, del mal, la paz, la calma, el frenesí”, de ahí que sus canciones estén a menudo pobladas de nombres propios, de personajes como Maria, Rita, Casimiro, Etelvina o Carolina a los que retrata desde un punto de vista que parece hacer expreso en otro tema, “2º andar direito”, cuando dice que “es necesario explicar que soy el vecino / y de noche vivo solo en este cuarto / el cuerpo cansado, la cabeza desaliñada / y el bloque entero abierto a mis oídos”, un punto de vista, pues, cercano, cómplice, solidario del que podemos poner como ejemplo, aparte de esas canciones con nombre propio que hemos señalado, el enternecedor retrato de un hombre viejo y cansado en medio de la ciudad que hace en “O velho samurai” o la mirada no menos enternecida sobre el sueño y el descanso de los que trabajan en canciones como “Lá em baixo” o “Lisboa que amanece”, pero también la colección de relatos en primera persona de su libro de cuentos Vidadupla.

Con la mirada repartida entre el otro y todos nosotros, entre el ciudadano de a pie y la colectividad, en sus canciones, poemas y cuentos Godinho se pone en la piel del verdugo, del falso culpable, del soldado que regresa de la guerra, de la mujer cuyo marido emigró a otro país sin volver a dar señales de vida, de la muchacha que vende esperanzada cachivaches en el rastro, del niño que despierta al mundo al probar por vez primera un gajo de mandarina, de los que se acuestan, de los que se levantan, de los que aman, de los que se desaman, de los que buscan, de los que andan perdidos y de todo un país, Portugal, al que recomendaba, hace cerca de cuarenta años, que no se dejase vestir por otros y del que hace diez, en los albores de esta última crisis, en un tema del disco Ligação Directa, decía que “(…) aún tiene futuro / es verde y maduro / [y,] como la fruta / a veces brota / y a veces, oh desconsuelo, / se seca en el suelo”.

Él nos dirá si, depués de estos diez años de dificultades y hombres de negro, Portugal tiene futuro, si lo tenemos nosotros, si lo que tenemos por delante es progreso o regreso, si volveremos al pasado y qué canciones y relatos y poemas le inspira el presente, nos contará cómo ve hoy a la gente, en su país, en el mundo, cómo se ven y se oyen las cosas desde el piso de al lado, pero para eso es necesario que yo antes termine, que le ceda el micrófono, y por eso, aunque tenga la impresión de no haberles contado lo bastante, de haber dejado aún muho por decir, les dejo con Sérgio Godinho, este artista total, extranjero y cercano, intraducible, imposible de resumir en tan solo unas palabras.

Juan Ramón SANTOS