El cárabo

sara2bmesaLa chica volvió la cabeza desde lo alto de la loma y los vio a todos alrededor de la mesa de pícnic. En la distancia, la conversación era un murmullo ininteligible, como un zumbar de abejas. El sol estaba cayendo y la luz se retiraba de los pinos revelando verdes oscuros y cavidades que habían permanecido ocultas todo el día. Olfateó el aire –tierra húmeda, lavanda y romero, una mierda de vaca aplastada por la rueda de un cochey regresó con los demás, demorándose en cada paso. El chasquido de las agujas de pino que se quebraban bajo sus pies se fue debilitando al acercarse, asfixiado por la voz de la tía, una voz como salida de una tinaja, grave, poderosa, pétrea. Todos apuraban los restos de la merienda en torno a ella, pidiendo su consentimiento, esperando su turno con una medida escrupulosidad. La tía sabía siempre qué había que hacer y los pasos que había que seguir para hacerlo. Sin permitir que nadie alterara su ritual, había administrado con lentitud la mantequilla, el foie gras, las rebanadas de pan tostado y el café con leche. Actuaba sin prisa, como si el tiempo también estuviese obligado a amoldarse a su ritmo. Sus palabras ocupaban toda la explanada y se expandían más allá de las suaves colinas terrosas. La chica se detuvo a observarla a unos metros. Aquel día cumplía veintidós años y ésa era toda la celebración que le estaba permitida: pinares, coches, merienda campestre y un encuentro familiar con viejos amigos que ni siquiera eran los suyos.

A un lado, metido en uno de los coches, el tío se cortaba las uñas de los pies con las flacas piernas extendidas fuera de la puerta. En la rigidez de su mandíbula había una concentración casi religiosa.

–Hay que ir recogiendo –dijo cuando acabó, mirando al horizonte–. Se está haciendo de noche.

Se guardó el cortaúñas en el bolsillo de la camisa y volvió la mirada ojerosa hacia la mesa. La tía siguió hablando como si no lo hubiese oído. Su fraseo –entrecortado, áspero– no admitía interrupciones. Había finísimas arrugas sobre sus labios. De lejos daba la impresión de tener una especie de bigote, extrañamente despoblado pero marcial.

–Hoy día todo el mundo habla de solidaridad y de entrega y hay miles de campañas y manifestaciones y recogidas de firmas para esto o para lo otro. Pero yo digo: uno debe primero ayudar a los suyos, ¿no es así? Ayudar a los demás, a los que están lejos, bah, eso es demasiado fácil. ¿Dar limosna? ¿Enviar ropa usada a África? ¿Apadrinar a un niño? No tiene ningún mérito. Lo difícil es estar ahí en cada momento, con los tuyos, barrer para dentro, no dejar que el que está a tu lado se caiga, enseñarlo a caminar, evitar que se desvíe o que se pierda. Eso es ayudar, y lo demás son cuentos.

La pareja que estaba a su lado –una pelirroja gruesa y lechosa y su marido, menudo y reservado– asentía sin dejar de masticar. Habían sido vecinos de los tíos durante muchos años y conocían bien su modo de comportarse. Callaban y mostraban su aprobación con leves movimientos de cabeza. Un poco más allá se sentaba también un niño de unos seis años, castaño, pecoso, con el rostro impasible y la mirada ensimismada, como vuelta hacia dentro. Comía su tostada con desgana, desperdiciando los bordes requemados. La pelirroja le reprendió en silencio con un guiño, pero la tía lo captó enseguida.

–¡Oh, vamos! ¿Quieres hacer el favor de comer bien? ¡Te vas a quedar en los huesos si sigues así! ¡No se juega con la comida!

Cambió el tono y se dirigió a la pelirroja, bajando mucho los párpados. Marcaba con énfasis algunas palabras, como si le diese asco pronunciarlas:

–Si por él fuera, estaría siempre comiendo porquerías. Los padres de hoy día no se complican la vida. ¿Una tostada para merendar? ¡Oh, no, eso es antiguo! Es mucho mejor un donut o una porción de pizza. Su madre no le presta atención. Parece algo propio de esa rama de la familia, debe de ser genético: mujeres que paren jóvenes y que luego abandonan a los críos. A éste –añadió señalándolo con la cabeza– también lo hemos criado nosotros.

El niño observó fijamente a su madre, que aún bajaba la loma mirándose la punta de los zapatos. La chica alzó la vista y le sonrió con tibieza. Él se levantó –el cuerpo desgarbado y enflaquecido por el crecimiento– y con la tostada en la mano se acercó al tío, que un poco más allá apagaba los últimos restos de la fogata. Entre los troncos calcinados aún se distinguían algunas brasas. El hombre echaba puñados de tierra sobre ellas cuidando de no ensuciarse. Una urraca los sobrevoló a todos dejando su graznido suspendido en el aire.

Sara MESA, La mala letra

(Puedes leer el cuento completo en la web de la editorial Anagrama.)

 

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Sara Mesa

Sara Mesa reside en Sevilla desde niña. Aunque comenzó escribiendo poesía (su poemario Este jilguero agenda (2007) fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía «Fundación Cultural Miguel Hernández»), es conocida fundamentalmente por sus obras narrativas, como los cuentos de La sobriedad del galápago (2008), No es fácil ser verde (2009) y Mala letra (2016), además de las novelas El trepanador de cerebros (2010), Un incendio invisible (2011, reedición revisada en 2017), Cuatro por cuatro (2013), finalista del Premio Herralde de Novela y Cicatriz (2015). Aparece en numerosas antologías como Pequeñas resistencias 5. Nuevas voces del cuento español (2010), Diez bicicletas para treinta sonámbulos (2016) y Riesgo (2017). Su obra ha sido traducida en Estados Unidos, Francia, Italia y Holanda.

En diciembre de 2015 recibió el Premio Ojo Crítico de Narrativa. El jurado destacó Cicatriz «por ser un libro sensible, oportuno y narrativamente inteligente. Capaz de dar la vuelta al concepto estereotipado de la seducción presentándolo en sus facetas más agrias: la posesión, la vanidad, la necesidad de sentirse fetichizado por el otro o la putrefacción de los amores platónicos. Sara Mesa pone el dedo en la llaga de la cultura como herramienta de desclasamiento y en la avaricia del amor».1

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(Sara Mesa visitará el Aula de Plasencia los días 6 y 7 de marzo. El martes 6, a las 20.00 horas, tendrá lugar la habitual lectura-conferencia abierta al público en la Sala Verdugo y el miércoles, 7, a las 12:30 horas, celebraremos un encuentro con alumnos de bachillerato en el IES Sierra de Santa Bárbara.)

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Esta semana nos visita Luis Pastor.

Mañana martes, a las 20 horas, tendrá lugar la habitual lectura-conferencia abierta a todo el público en la Sala Verdugo, y el miércoles, alrededor de las 12:30 horas, el encuentro con alumnos de bachillerato de la ciudad en el IES Virgen del Puerto.

Os esperamos a todos en una u otra convocatoria.

Pastor poeta

Tengo la impresión de conocer a Luis Pastor desde siempre, quizá porque forma parte de la memoria sentimental de la transición, una memoria sentimental que compartimos todos los que, más jóvenes o más viejos, merodeamos por esos años cruciales de nuestra historia reciente, hoy tan denostados, en los que todo parecía a punto de cambiar, pero lo cierto es que conocer, lo que se dice conocer -y me refiero a escuchar su música y sus canciones-, no lo conocí hasta la universidad, de la mano de mi amigo Luis Marín, una época en la que escuché una y otra vez su Diario de a bordo y el disco de un concierto en directo en Mérida y en la que tuve la oportunidad de verlo por primera vez en un concierto.

Lo mismo que uno tiene la sensación de conocerlo de siempre, de incluso antes de haber oído nunca sus canciones, uno tiene también la sensación de que Luis Pastor ha sido siempre poeta, y sin duda, como autor de canciones, siempre lo ha sido –ahí está el Nobel de Bob Dylan para corroborarlo–, por más que su primer libro íntegro de poesía no apareciese hasta 2016, cuando la editorial Bartleby sacó a la luz De un tiempo de cerezas.

Con apenas cien páginas –si descontamos el atinado prólogo del también poeta y también cantautor José Manuel Díez–, De un tiempo de cerezas es, en cierto modo, el corolario de esos cuarenta años haciendo música y poesía, y por eso, quizá, parecen concentrados en él todos los grandes temas en torno a los que ha girado su prolongada carrera, divididos en cuatro grandes partes que reúnen poemas dedicados a su infancia en Berzocana, al amor, a la denuncia social y política o a rendir homenaje a amigos, poetas y cantantes que uno presume fundamentales en la vida y la obra del autor, desde Pablo Guerrero hasta Camarón de la Isla, pasando por Ángel Campos o Javier Fernández de Molina.

El lenguaje de Luis Pastor, en su poesía como en sus canciones –si es que se puede hacer tal distinción–, es sencillo, cercano, transparente, plagado de imágenes elementales pero intensamente líricas, rico en enumeraciones (“Alma, / dulce suspiro, / campo de trigo, / grano de arroz), capaz, por ejemplo, de inflamar de luz los paisajes de la infancia (“Sementera de amor, / campo de trilla. / Lo que ha dorado el sol / en oro brilla”), y se despliega en unos versos cargados de ritmo que unas veces respetan a pies juntillas la métrica tradicional, con predilección por los versos pares, populares, y la rima, y otras veces se suceden de forma más libre pero con una cadencia muy reconocible con la que entran ganas, al leer, de irse dando golpecitos rítmicos en el pecho, imitando esa elemental forma de percusión tan propia de Luis Pastor.

En definitiva, este De un tiempo de cerezas es una forma extraordinaria de acercarse, desde las páginas de un libro, a la obra de un cantante y poeta de largo aliento al que podrán conocer, también, si quieren, en la Sala Verdugo el martes 6 de febrero, a las ocho de la tarde, en la segunda sesión de este año del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”.

 

Juan Ramón SANTOS en PlanVE.

 

¿Qué fue de los cantautores?

aluisp“El octosílabo, que es el verso español por excelencia, sitúa por sí mismo, y sin duda alguna, al poeta y al cantor que lo construye. Luis Pastor, santo y seña de una generación que amaneció con las manos atadas, nos ofrece en ¿Qué fue de los cantautores? su decurso vital, su peripecia artística y, lo que para mí resulta fundamental, su decidido e inagotable compromiso con la causa humanista. Y lo hace con un resultado lírico verdaderamente brillante, pues Luis se mueve como pez en el agua en el verso octosilábico, que es también medida tradicional española para la canción—en la que el autor es maestro de maestros—, y, apoyado en su ritmo, construye en primera persona su imagen de hombre entre los hombres con una narrativa efectiva y cautivadora, igual que lo son su sonrisa y su mirada vivaz teñida de la melancolía del fado. La voz que aún nos eriza y que fue capaz de hacer temblar a un régimen fascista alucinado, hoy se hace palabra escrita.La lectura es fluida, casi encabalgada por el ritmo tranquilamente frenético del que Luis Pastor la ha dotado, e incontenible hasta gastar el último verso de un trago largo y hermoso.”

Luis Felipe COMENDADOR

Yo vengo de un tiempo de cerezas

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Yo vengo de un tiempo de cerezas

De la espiga del viento y de la hoz

Mapa que retiene la memoria

Como una fotografía en blanco y negro

 

Yo vengo de un tiempo que me nombra

Con espada de madera y crucifijo

En la escuela se cantaba el cara al sol

Y en la calle a Molina y Joselito.

 

Era el tiempo de ser niño.

Por la dulce voz, por el agudo grito

La calle una plaza abierta.

La plaza un planeta unido.

Con calles a muchas puertas.

Casas de abuelos y de primos

 

Era el tiempo del caballo y de la yegua

De los cerdos, las gallinas y los nidos

Y el huerto con todos sus manjares,

olores y sabores

Que mi padre labraba, artesano del surco.

Escultor del manzano y de la higuera.

Sabio en su oficio, dueño

de la azada y la guadaña

Gigante humano domando la tierra

 

Era el tiempo de la era y de la trilla.

Campanas y cigüeñas.

Paraíso del pobre.

Pan y espigas

 

Era el tiempo de la radio y de los rezos

De las tristes procesiones para muertos

De los muertos tan cercanos a la era

De los lobos y bandidos por la sierra

 

Era el tiempo de los juegos en pandilla

De la comba, de la piedra,

Del pinchete, de la pídola

Y el verano, como un año al sol entero

Con siestas en la manta por el suelo

 

Era el tiempo de la madre y sus caricias

De su dulce voz, de sus ojos dulces,

De su tierna risa

Del abuelo y su secreto de tristeza

Que ahogaba cada noche

con vino de taberna

 

Era el tiempo de la pana y los remiendos

Del café de estraperlo,

De la sopa de tomate y de patata

Del pecado que mata.

Del miedo, del castigo y del perdón

 

Era el tiempo de temer a Dios.

 

Luis PASTOR, De un tiempo de cerezas