Paula Bonet

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Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia, completa su formación en la NYU de Nueva York, en la UPC de Santiago de Chile y en Dédalo Arte, Italia.

Su obra, cargada de poesía y volcada en las artes escénicas, la música y la literatura, culmina en la publicación de varios libros de los que es autora tanto del texto como de la imagen. Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End (Lunwerg, 2014) , 813 (La Galera, 2015) –un homenaje a la obra y a la figura del director francés François Truffaut- y La Sed (Lunwerg, 2017) -un largo poema en clave feminista- son su trabajos más conocidos.

Miércoles 20 de febrero de 2019, 20:00 horas – Sala Verdugo

Jueves 21 de febrero de 2019, 12:30 horas – IES Sierra de Santa Bárbara

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Nos visita esta semana Sergio del Molino.

Como de costumbre, la lectura-conferencia abierta al público tendrá lugar el martes 15 a las 20:00 horas en la Sala Verdugo.

Al día siguiente, a las 12.30 horas, visitará el IES “Gabriel y Galán” en un encuentro con estudiantes de bachillerato de los seis institutos de la ciudad.

Os esperamos.

Sergio del Molino: “El espíritu del futbolista antiguo se ha acabado”

AS, 17/12/2018 – Marco Ruiz

(…)

– ¿Qué recuerdos tiene del barrio?

– Son los más importantes de la vida, los que construyen tu personalidad. Pero es un barrio que yo ya no reconozco. Yo apuré el momento final de la vida de barrio en España. De esos barrios que se formaron en España en los años 50 y 60 y que duraron hasta finales de los 90, cuando llegó la primera gran oleada migratoria y la burbuja inmobiliaria. Aquello acabó con la vida de barrio. Lo que yo retraté en mi penúltimo libro es un poco el final de ese mundo, porque soy de esa generación que aún pudo vivir ese mundo que era común en todas las periferias españolas. Fueron barrios todos construidos con una arquitectura muy parecida, muy pobretona, improvisada en definitiva, y caracterizada por los descampados…

– ¿Qué lugar ocupa el descampado en su imaginario?

– Eran los lugares en los que se cruzaba todo, que había que evitar pero por los que inevitablemente había que pasar. Eran una especie de bosques encantados donde pasaban las peores cosas pero a la vez pasaba la vida. Se jugaba a las chapas, se bebía cerveza y se fumaba, y a la vez por la noche podían pasar cosas espantosas. Era el símbolo, o la metáfora, del abandono que sentía gran parte de la sociedad… Eran las cicatrices urbanas que corroboraban que, efectivamente, no le importábamos a nadie y estábamos dejados de la mano de dios.

– ¿Y se jugaba al fútbol?

Por supuesto. No tanto yo, porque era muy torpe. Y tenía un problema enorme de miopía que me hizo ser muy mal coordinado. Aunque tenía muy buena voluntad, mi rol se limitó, muchas veces, a llevarme balonazos (risas).

– ¿Cómo era la vida de barrio de alguien a quien no se le daba bien jugar?

– El caso es que te veías obligado, porque era la única manera de socializar. Mi problema es que yo engañaba. Era grandote y parecía que podía tener trazas de ser alguien atlético. Pero nada más lejos de la realidad, era un zote. Lo que no he hecho es sufrir nunca por ello.

(…)

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– ¿Encuentra el paralelismo entre esa España despoblada que usted analiza en ‘La España vacía’ y la España que no tiene fútbol en Primera y Segunda.

– Absolutamente. El As lo contó impecablemente hace poco tiempo. Hay una España de Primera y otra de Segunda que se traslada al fútbol. No hay más que ver dónde estaba el Zaragoza hace unos años y dónde está ahora. Porque tiene que ver con muchas cosas, y entre ellas con el peso de Zaragoza en el conjunto del Estado y cómo se ha ido desplomando. En cómo la ciudad se ha ido desindustrializando, descolgándose y convirtiéndose también en una ciudad de segunda. Y qué casualidad que eso haya tenido un reflejo en el equipo, que era tan brillante hace 20 o 30 años.

– Claro…

– O la aparición de los clubes del cinturón sur de Madrid. Quién iba a hablar hace unos años de que el Leganés o el Getafe iban a estar donde están… El auge económico y comercial español, evidentemente, se va trasladando al mapa futbolístico. Las cosas crecen donde estaba el dinero.

(…)

– ¿El éxodo rural ya ha terminado?

– Para nada, y es un fenómeno global.

– ¿No cabe una vuelta al origen, al campo?

– Con el sistema económico actual es imposible.

– ¿Ni a través del turismo?

– Hay lugares, ciudades muy turísticas, que incluso se han convertido en una especie de decorado. Y se convierten en caricaturas. Sitios en los que se escenifica una determinada época, casi siempre inventada, recreada para la ocasión. Y el turismo de masas lo que hace es destruir las ciudades.

– ¿Sí?

– Pero también las grandes ciudades. Vivir en el centro de Barcelona hoy puede ser el mismo horror que vivir en el centro de Roma. No encuentras una panadería, un bar de toda la vida, casi ningún colegio… Lo que necesita una comunidad para vivir desaparece porque todo se pone al servicio del turista. Y en ciudades más pequeñas, lo que ocurre es que todo se convierte en un escenario donde no cabe otro tipo de vida que ofrecer al turista comer lechón y beber vino de la tierra. Y hay que disfrazase un poco, incluso, para darle gusto. Eso puede ser lucrativo pero destruye la comunidad.

(…)

(Puedes leer la entrevista completa en el diario As.)

Oscura progenie

1421240086_125087_1421240747_noticia_normalAvanzada la novela, el narrador de Lo que a nadie le importa declara: “No recreo una época, sino que la creo desde la nada. Estas supuestas memorias familiares son lo más fabuloso y ficticio que he escrito nunca”. En realidad lo que difunde esa declaración es la intención de sustraerse de la sociología, por no decir costumbrismo, que podría contagiar la novela, una protesta anticipada ante el apremio de que pueda ser leída con la rémora de una crónica familiar, sin atender a su indagación, a su potencia literaria. Sergio del Molino se previene también así del peligro de ensimismamiento en lo privado, pero hay que decir que no sólo lo soslaya, sino que confiere a su relato un tratamiento infrecuente del padecimiento de la historia.

Todo lleva a considerar que esta novela se desglosa de su libro anterior, La hora violeta, o en todo caso ha propiciado un nuevo recorrido con un proceder similar de exploración de la materia que conforma la autobiografía. Aquí se trata de averiguar qué hay detrás de una frase ciertamente brutal, aunque de espléndida retórica, que el octogenario José Molina, rodeado de familiares, a punto de morir, dirige a su mujer: “Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos”. Esa invectiva, tan sorprendente en un hombre ordinariamente callado, trastorna al nieto de tal modo que el autor llega a confesar: “Toda mi literatura se expande a partir de ese instante primordial”.

Francisco Solano

Babelia, 14 de enero de 2015

 

(Puedes leer la reseña completa en Babelia.)

Las esquinas dobladas del mapa

Lugares fuera de sitio, Premio Espasa 2018, el último libro de Sergio del Molino, autor de La –tan celébre– España vacía, arranca con una serie de afirmaciones que nos provocan, que nos molestan, que nos hacen sentir incómodos porque nos ponen en evidencia.La primera –quizá menos provocativa, aunque inquietante–, que la frontera, como línea precisa que limita de forma rotunda dónde acaba un país y dónde empieza otro, es una realidad reciente, con menos de un siglo de antigüedad en muchos casos, y que probablemente antes, antes de que las fronteras fueran una línea trazada con exactitud en un mapa, el mundo era más libre. La segunda, que la Europa nacida de la II Guerra Mundial se parece más al sueño de Hitler de lo que a todos nos gustaría pensar, en la medida en que logró que, como resultado del conflicto –pero también de otros conflictos que venían sucediéndose desde la primera Gran Guerra–, cada país fuese un contenedor preciso que encerrase, de forma separada, etnias, nacionalidades. La tercera –consecuencia en gran medida de las dos anteriores–, que la pretendida desaparición de fronteras en la Unión Europea no es tal, que lo que se ha producido, en realidad, es un desplazamiento de las fronteras hacia afuera, hacia los contornos de la Unión, de Europa, rodeada de una valla mucho más rígida e infranqueable que la que pretende construir Donald Trump en el límite con México y que separa de manera tajante a ciudadanos de primera de otros, los que pretenden entrar, a los que se niega incluso la posibilidad de enrolarse en equipos de regional preferente.

Lugares fuera de sitio, de Sergio del Molino, es una acertada mezcla de libro de viajes, periodismo de fondo y ensayo. De viajes porque el autor recorre en él lugares periféricos, fronterizos, peculiares –como Ceuta y Melilla, Olivenza y Rihonor, Andorra y Llívia, el Rincón de Ademuz y el Condado de Treviño–, y porque aunque faltan en él, en rigor, los hitos turísticos, la descripción de los monumentos que son seña de identidad de un lugar, sí que aparecen paisajes, conversaciones con los lugareños, experiencias gastronómicas y, sobre todo, la historia, con el propósito, siempre, de responder a un porqué, a las causas profundas de su extrema peculiaridad, todo ello contado con la agilidad, la soltura, del mejor periodismo, de un periodismo de fondo, atento no al titular ni a la noticia llamativa y pasajera, sino a una realidad perenne que es, en su inmóvil discreción, noticia constante, con la vista puesta en el trabajo de periodistas como Francisco Candel, Luis Carandell o Manu Leguineche. Por lo que al ensayo respecta, ese merodeo del autor, ese viaje por lugares fuera de plano, por –utilizando sus propias palabras– las esquinas dobladas del mapa o –aprovechando esta vez el texto de la portada– las fronteras insólitas de España, por lugares donde el propio concepto de la frontera es permeable y relativo, donde las identidades –nacionales, regionales o locales– se ponen en entredicho, es un intento de reflexionar por escrito sobre el propio concepto de identidad, sobre la propia idea de frontera, tratando de buscar, de pensar por escrito, con el problema de Cataluña de fondo, pero también con el de otras naciones y nacionalismos españoles, otras formas de identidad, de nacionalidad, menos rígidas, más porosas, menos excluyentes, que hagan posible ser español sin dejar de ser, al mismo tiempo, catalán, vasco, ecuatoriano o marroquí, buscando una solución, en definitiva, al cansino y secular problema de España.

A este respecto, Lugares fuera de sitio no llega a ninguna conclusión, no señala ningún punto de llegada, pero sí indica uno o varios caminos, uno de ellos, por cierto, muy próximo, cuando habla de Olivenza y destaca la capacidad de los oliventinos de ser inequívocamente españoles sin renunciar por ello a un pasado, el portugués, del que se sienten orgullosos y que son capaces de hacer presente manteniendo viva su otra lengua –la que en otro tiempo fue materna– o solicitando la doble nacionalidad portuguesa, un camino, una forma de pertenecer a un país menos orgullosa y apasionada pero sí, quizá, más civilizada, más libre y más sostenible, una promesa de futuro sobre la que nos hablará su autor, Sergio del Molino, en su visita al Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” el martes 15 de enero, a las 20 horas, en la Sala Verdugo.

 

Juan Ramón Santos

PlanVE

“La mirada de los peces”

0miradaCrecí en una casa comunista, de un comunismo ambiental y sin carnet que glorificaba la educación y las buenas notas. Mi madre votó no a la OTAN en el ochenta y seis y mi abuelo era de Carrillo, aunque para entonces ni el propio Carrillo fuera de Carrillo. No te puedo dejar nada, decía mi madre, lo único que tengo para tu futuro es que estudies. Es la escuela pública, es el instituto público. Se decía con orgullo, eso de público, y se abominaba de curas y de monjas y del internado de Sigüenza donde encerraron a mi padre. Mi madre sólo estudió secretariado cuando las secretarias aún se llamaban secretarias, en un instituto público del Retiro. Años después, cuando yo vivía en Madrid, me pidió que buscase su título. Nunca lo había recogido y llevaba cinco lustros en un archivador. Subí la Cuesta de Moyano y entré en aquel edificio luminoso y racionalista, pegado al observatorio astronómico, todo siglo XVIII, y maldije a aquellos estudiantes que parecían mucho más felices que mis antiguos compañeros de clase. Aquí no se aburren, me dije. Cuando se escapan a fumar porros, se los fuman a la sombra del Ángel Caído o mientras roban libros en la cuesta. Yo fumaba porros en un portal frente al Riojano, una bodega que vendía litronas a los niños de quince años. Pensaba que el aburrimiento escolar era una cosa inevitable sufrida por todo el mundo, pero mientras esperaba en aquel mostrador a que me diesen el título de secretariado, sospeché que no todos los aburrimientos eran iguales.

Nos aburríamos. Me atrevo a usar la primera persona del plural e incluir a todos porque cada vez que levantaba la vista encontraba la misma viscosidad legañosa, las mismas espaldas retorcidas, los mismos intentos desesperados por no bostezar y caer muertos sobre las mesas. También se aburrían los profesores, ninguno de los cuales parecía querer estar sobre aquella tarima desgastada por los bordes, bajo el retrato de un rey también aburrido, captado por el fotógrafo en el instante que antecede al bostezo. Todo en el aula se preguntaba, desde las ocho y media de la mañana hasta las dos de la tarde: ¿me puedo ir ya? La pregunta tenía algo de retórico, porque marcharse tampoco solucionaba gran cosa. ¿Irse adónde? A comer pipas a un banco, al Riojano, a fumar a los futbolines. A deambular entre el cierzo con las manos en los bolsillos por el Parque Mercurio o la calle Zaragoza la Vieja. A encerrarse en el cuarto con el último disco de Iron Maiden.

Tenía dieciséis años y ya no me grababa casetes, compraba los discos. No tantos como Mauri, que había empezado un negocio prometedor de compraventa de hachís que le reportaba muchos beneficios, pero algunos sí me compraba. Fui de los primeros en hacerme con The X Factor, el acontecimiento heavy de la temporada, el primer disco de Iron Maiden sin el cantante Bruce Dickinson, que se había hartado del heavy comercial y experimentaba con otras notas más distorsionadas y difíciles. Estábamos ansiosos por oír al nuevo vocalista, Blaze Bayley, que parecía un gordo cabrón, el típico inglés playero al borde del infarto. Escuché el disco de principio a fin y en su orden, con ritual, exigiendo no ser molestado durante la ceremonia. Era un disco raro desde la portada, que no era un dibujo, sino un montaje informático con colores apagados. Las canciones eran largas y también oscuras. Y la voz. Ay, la voz. Plana, arrastrada, sin una sola nota alta, sin nada que se pareciese a la amplitud vocal prodigiosa de Bruce. The X Factor, lo supimos hacia la segunda canción, era una mierda. Gustó a quienes estaban cansados de Iron Maiden y no se atrevían a escuchar a Radiohead, pero decepcionó a millones de chicos de barrio aburridos que sólo querían otro disco de Iron Maiden para berrear los estribillos y que no entendían esos simbolismos de tercera y ese ser o no ser de echadora de cartas.

El aburrimiento te convierte en Sísifo. Subes tu piedra maldiciendo la subida, pero no consientes que nadie te la cambie por otra cosa. Quieres tu maldita piedra, con su mismo peso y su misma textura de granito. Achica los horizontes de una persona, limita su mundo, dale lo mismo cada día a la misma hora. En unos años, rechazará todo lo que altere esa rutina que en verdad detesta, como se detesta a sí mismo. Antonio Aramayona sabía que llegaba a un instituto aburrido de un barrio aburrido, lleno de alumnos aburridísimos aleccionados por profesores para quienes él era el nuevo disco de Iron Maiden con su nuevo cantante.

Parecía inofensivo con sus gafas, su muleta, su coche adaptado, sus camisas como compradas al peso y su pelo teñido de un negro oscuro, sin una sola cana a la vista. Un interino más, una pieza móvil de ese mecano de profesores que no han ganado una oposición y sirve para que los que sí la han ganado puedan tener hijos, cogerse sabáticos, presentarse a cargos electos y pedir bajas por depresión sin que el aburrimiento cotidiano de los centros escolares se resienta. Son caballos de refresco del aburrimiento, y de ellos sólo se espera que mantengan a los alumnos bien aburridos, hasta que regrese el aburridor oficial.

La mirada de los peces

SERGIO DEL MOLINO

“La hora violeta”

41E-qC2FihL” (…) La hora violeta, de Sergio del Molino (Madrid, 1979), se alinea sobre todo en la trayectoria, más fecunda, de la llamada non fiction, en la que los elementos novelescos desaparecen para dejar paso a la confesión, incluso en forma indisimulada de diario, de experiencias íntimas dolorosísimas relacionadas con la enfermedad y sin apenas transformación. Es el caso de Diario del hombre pálido (2010), de Gracia Armendáriz, o, más cerca del caso que nos ocupa, de obras como Noches azules (2011), de Joan Didion, y Mortal y rosa (1975), de Francisco Umbral, creaciones estas últimas con las que La hora violeta mantiene especial parentesco.

Didion y sus reflexiones acerca de las “noches azules” han estimulado tal vez el título, mientras que el eje temático de Umbral -la muerte temprana de su propio hijo-, que Sergio del Molino comenta admirativamente (pp. 177-182), lo aproxima al núcleo argumental de La hora violeta, donde el autor glosa con detalle el largo proceso de más de un año por el que su hijo recién nacido sufre las desesperadas e inútiles tentativas encaminadas a curarle la implacable leucemia que se le ha descubierto.

Sin cambiar nombres, lugares ni circunstancias, manteniendo el nombre del niño y el de los padres, extirpando, pues, del relato cualquier asomo de ficción, Sergio del Molino nos ofrece un minuciosísimo relato de los hechos -estancias en el hospital, pruebas clínicas, períodos de aislamiento en habitaciones estériles, sesiones de quimioterapia-, pero, sobre todo, de la continua zozobra de los padres, de sus alternancias de ánimo, que van desde la depresión a la esperanza, de su creciente y necesario acomodo a la vida de acompañantes de hospital, de su familiaridad progresiva incluso con el vocabulario de la enfermedad y los nombres y efectos de cada prueba y cada medicamento, de su relación con algunos otros niños enfermos o con médicos y enfermeras de los dos hospitales por los que pasa el desventurado Pablo. En este vaivén fortísimo de emociones va surgiendo el libro como una tarea necesaria que convertirá la experiencia en algo perdurable y, a la vez, servirá de asidero liberador para evitar el derrumbamiento ante la adversidad: “Lo urgente es también este libro. Con su escritura esquivo lo importante. Encaro la pena con palabras, y mientras resuelvo problemas de estilo, depuro el lenguaje y estructura sus páginas, evito ser tragado por lo importante. Cuidar de los detalles literarios es mi forma de asirme al mástil y mantenerme al mando de la nave” (p. 126). El cuidado formal es, en efecto, notable, aunque neologismos innecesarios como “repulsar” (p. 112), galicismos como “reclamarse” (p.23) o algún error del tipo “punto y final” (p. 191) empañen un tanto la tersura habitual de la prosa. A pesar de ello, lo que predomina sobre todo lo demás es la sinceridad de las confesiones, el sutil análisis de la evolución de la enfermedad -paralelamente, la transformación progresiva del cronista que da cuenta de ella y de sí mismo- y la intensidad de la narración -porque narración es, al fin y al cabo-, todo lo cual hace de La hora violeta una lectura cuyo interés no decae en ningún momento. (…)”

Ricardo SENABRE

 

(Puedes leer la reseña completa en El Cultural.)

22 de diciembre: el día más oscuro de la oscura noche española

img_gmartin_20161220-010205_imagenes_lv_otras_fuentes_bombosss-kH0F-U412742074651VcD-992x558@LaVanguardia-Web

Hoy, 22 de diciembre, España se hace muy dura de querer. El resto del año no me cuesta llevarme razonablemente bien con un país que tiene sus cosillas, pero aguanta muy bien la comparación con infinidad de otros países. Pasear por la calle del Carmen en las semanas previas y enfrentarte a la cola de Doña Manolita ya es una prueba durísima; pero, si aceleramos el paso y no miramos mucho, podemos llegar a la plaza de Callao aún convencidos de que España no está tan mal, a pesar de todo. El día 22, sin embargo, no hay escapatoria: por cátodos, hercios y bits, la España más supersticiosa, milagrera y contrarreformista ataca, bombardea y vence cualquier foco democrático de resistencia. Al final de la mañana, todos los españoles racionales y progresistas nos hemos rendido y sostenemos a duras penas un trapillo blanco, suplicando clemencia: no más quintos premios, no más millones de euros, no más descorches de cava, no más agujeros tapados. Por piedad.

(…)

Sergio del Molino

(Puedes leer la columna completa en la web del diario El País.)

Sergio del Molino gana el Premio Espasa con ‘Lugares fuera de sitio’

portada_lugares-fuera-de-sitio-premio-espasa-2018_sergio-del-molino_201809181649El ensayo Lugares fuera de sitio, de Sergio del Molino, ha sido galardonado con el Premio Espasa 2018 (…). El jurado ha destacado cómo el autor cuestiona en su obra la “arbitrariedad de cualquier frontera”. (…)
Gibraltar, Ceuta, Melilla, Andorra, Olivenza, Llívia o Rihonor de Castilla son algunos de los enclaves por los que transita el autor y en los cuales se resumen y agrandan los conflictos y los dilemas nacionales. Del Molino define esos lugares como raros, enquistados, casi micropaíses. Todos tienen en común su anacronismo, su vocación de espacio molesto que estropea la armonía de los mapas, según el autor. La obra, que saldrá en unas semanas, “revela mucho de esos sentimientos nacionalistas, de las vivencias de las personas que habitan esos lugares, marcadas por un periodo fascinante”, explica por teléfono Del Molino. Así, plasma “mucho de lo que somos y lo que vivimos en un momento clave en España”.

(Noticia completa en El País.)